Tremendo problema.

Era 1977 y el locutor de un Estadio Nacional repleto le pedía al público que sacara sus pañuelos blancos para saludar al Chavo, Quico, la señora Florinda, la Chilindrina y al profesor Jirafales. Mi padre sacó su pañuelo del bolsillo. No era blanco, sino blanco con rallas café claro. Sólo se rió y lo agitó fuertemente en el aire cuando le dije: “Pero Juan, ese pañuelo no es blanco”.

Era otra época, cuando el Nacional albergaba fácilmente 80.000 personas. Eran otras las obsesiones infantiles, otra la televisión, otra la dictadura.

Y ahí estaba Roberto Gómez Bolaños, el tipo bajo, con su gorro con orejeras, repitiendo los mismos chistes, las mismas frases, el mismo llanto “Pipi pipi pí”, con su ropa que era “un auténtico remiendo”, haciendo reír a 160 mil personas en dos shows repletos. El pequeño Shakespeare como le dijo Agustín P. Delgado (de ahí su apodo de Chespirito) que alguna vez diera golpes en un cuadrilátero como boxeador, dándose de pastelazos en la cara con el resto de la vecindad, subido en un escenario cuadrado en el círculo central.

No soy capaz de recordar, mucho menos de contar, la cantidad de horas que pasé frente a la Tv escuchando ese acento mexicano que se me hizo, que se nos hizo, tan familiar. Tan querible.

Me cuesta recordar si, como otros, lloré cuando trataron al Chavo de ratero, pero reconozco que me marcó. Tanto como cuando vi que empezaron a desaparecer los personajes y ya no estaba Ron Damón, sino un Jaimito que era tan brinbón como el papá de la Chilindrina, pero menos gracioso. Y le pasaban las mismas cosas.

El Chavo abandona la vecindad. "Ratero", le dijeron

El Chavo abandona la vecindad. “Ratero”, le dijeron

No fue fácil aceptar la desaparición de Quico, eterno antagonista. La salida del aire de María Antonieta de las Nieves. El tiempo y la madurez solo sirvieron para enterarse que junto con el éxito, que llevó a estos personajes a aparecer en las pantallas de todo el mundo, empezaron también las complicaciones, las diferencias de opinión, las zancadillas. Antes, por suerte, vinieron las películas “El Chanfle” y “El Chanfle 2”, donde Gómez Bolaño nos compartía otro de sus gustos: el futból (si, así, como le decía él… con acento en la o).

El Chanfle

El Chanfle

Decir que me sorprendió la muerte de Chespirito sería una estupidez. De alguna manera, veníamos preparándonos desde el 2003, desde el día en que Carolina Zúñiga confundió a Roberto Gómez Bolaños con Roberto Bolaños, el fallecido y afamado escritor chileno. Tal como le ha sucedido a presidentes y artistas, cada cierto tiempo nos llegaban los rumores de la muerte del hombre tras el Chapulín Colorado y muchas veces tuvieron que venir los desmentidos para aclarar que el pequeño Shakespeare estaba vivo, quizás delicado de salud, pero feliz en compañía de su amada Florinda Meza.

Hoy escuché la noticia por la radio. Escuché que medios serios confirmaban la muerte de este mexicano que nació en el DF en 1929 y que dejó este mundo cruel, del cual se reía constantemente con sus personajes, acompañado por su familia en Cancún. “Gran forma de morir”, pensé, si es que existe en realidad una forma adecuada de irse de esta vida.

Escuché que Carlos Villagrán, “Quico”, había tratado de comunicarse con él y de alguna manera ingenua me alegré. Es cierto que no lograron comunicarse dado el delicado estado de salud de Chespirito, pero pensé que quizás el perdón y la reconciliación son posibles aunque sea un segundo antes de expirar… Y aunque hace solo unas horas atrás el maistro Longaniza había despedazado a Villagrán y María Antonieta por considerarlos mal agradecidos.

Era hora de descansar, supongo. Me alegro por él. Ahora vienen los homenajes, las maratones del Chavo y el Chapulín, las notas en XY, en la prensa y en la televisión. Las imágenes de un tipo que la hizo, que la rompió, que fue traducido en todos los idiomas y cuya estampa eterna quedará grabada en la generación sub-50 y sub-40.

Nosotros nos quedamos acá. Ahora… ¿quién podrá defendernos?