Marco Enríquez-Ominami acomoda su jopo ampulosamente con el brazo izquierdo, carraspea -“estoy resfriado”, acota- y saca una una agenda azul para rayar y dar por finalizada la última actividad del día.

Es sábado 28 de marzo y el candidato presidencial 2009, 2013 y 2017 acaba de dar una conferencia titulada “Los cambios necesarios para el progreso”, en Políticas Públicas Chile, un encuentro organizado por estudiantes chilenos en Estados Unidos y desarrollado en la Universidad de Harvard. Afuera, en las calles de Boston -o Cambridge, para ser certeros- siguen cayendo copos en el invierno con mayor acumulación de nieve en su historia.

El invierno es rudo y también lo es el que se cierne sobre la política chilena. Gobierno y oposición no dan el ancho y se ven envueltos en serios problemas legales y éticos: Penta, Caval, Soquimich… Por si fuera poco la economía está estancada y la gente desconfía de todo, de sus representantes, de las empresas y hasta del vecino.

Durante la conferencia, MEO intenta explicar las causas de la crisis. Que la desaceleración china, que el presidencialismo se agotó, que se perdió la idea de vivir juntos, que los gobiernos tienen una facilidad increíble para pelearse con la clase media, que la educación es funcional a un sistema primarizado de explotación de recursos. “La desigualdad mina la confianza de la sociedad, la mitad de los chilenos vive en condiciones de vulnerabilidad”, resume.

¿Cómo salir del lodo? “No hay prosperidad sin democracia”, afirma MEO antes de disparar sus propuestas al ritmo de metralleta AK-47 al que nos tiene acostumbrado: democracia representativa y participativa, reinstalar los plebiscitos, referéndums, asamblea constituyente y volver a la idea de volver a vivir juntos a través de federalismo (usa esta palabra para evitarse el término regionalización) y la integración con países vecinos.

¿Hasta cuándo?

No falta, por cierto, quien le recuerda su anteriores derrotas y lo trata con condescendencia preguntándole hasta cuándo intentará ser presidente, como si esto fuera una locura quijotesca. Enríquez-Ominami, MEO, juega con los conceptos “candidato eterno” y “temporero electoral”, filosofa en torno al valor de la caída y luego habla de Ricardo Lagos y Sebastián Piñera, dos que lograron la máxima magistratura después de haberla peleado en varias ocasiones. “A Lagos le abría la puerta de mi casa desde los 13 años y lo vi presidente a los 28. Piñera es candidato desde 1810”, bromea.

También le preguntan sobre su financiamiento: “Ni un peso de Venezuela, ni un peso de Cuba, ni un peso de Soquimich”, aclara y reafirma que todos sus gastos están “indexados, escrutados y transparentados” ante el Servel.

Fuera del Centro Rockefeller de Harvard, MEO expande algunos de sus conceptos.

-¿Cuáles son los pecados que llevan a esta crisis moral de la política chilena? A todo este menjunje Penta, Caval, Soquimich…

-La despolitización genera esto, explica el que no se haya podido hablar de dinero y política. Es una gran beatería no reconocer que el dinero juega un papel. Lo dije y lo repito: la CIA financió a la derecha y Miguel Enríquez, mi papá, asaltaba bancos. Quiero decir que el dinero juega un rol y no hay que mentir. Yo mismo creo que si me pongo a escudriñar las cuentas electorales algo vas a encontrar. Son campañas gigantescas. Cualquiera que se revise a sí mismo puede decir “soy impecable”, pero estoy seguro que algún menjunje, algún enredo debe haber por error de una mala rendición.

-¿Qué hacer, entonces?

-Hay que hablarlo en serio, fijar las reglas del juego. Que un candidato deba conseguirse plata y que el estado no ponga un peso, eran las reglas que había, los que no cumplieron con la ley deben irse castigados, los que vendieron su conciencia como Pablo Wagner deben ser sancionados, pero de ahí en adelante todo lo que sea leal o ético era parte de las reglas, esa era la cancha: había que salir a conseguirse plata. Mi primera actividad como candidato fue pedir créditos bancarios para financiar mi campaña. Eso es una anomalía democrática.

-¿Una solución?

-Financiamiento público con más deberes para los partidos.

-¿De qué vive Marco Enríquez-Ominami cuando no es candidato? ¿Cómo se financia?

-Doy clases iguales a estas, algunas me las remuneran otras no. Estoy haciendo tres libros, uno con Random, del que no puedo decir mucho, otro con LOM y el último es con la Fundación Progresa sobre Economía. Luego, estoy firmando un contrato con Fox TeleColombia para vender los guiones de mis series, “La vida es una lotería”, que ya vendí en cuatro países: Argentina, España, Estados Unidos y México. Y también estoy dirigiendo un documental sobre “Rapa Nui”, sobre la autonomía de pueblos autóctonos. Ya está filmado, estoy montando.

-Vas como candidato al 2017. ¿Qué dicen en tu casa? Esto siempre se le pregunta a las mujeres, pero no a los candidatos hombre. ¿Cómo coordinas todo con el aspecto familiar?

-Tengo una compañera que es militante de la causa (la animadora de TV Karen Doggenweiler), y eso explica que pueda tener esta audacia. Tengo una mujer que cree en esto.

-¿Tus hijas? ¿La paternidad?

-Para mí es un tema, porque no tuve padre. Sufro harto, las echo de menos a las dos. La paternidad para mí es un tema, porque no conocí a mi papá, es un fantasma progresista, un fantasma mirista precioso, pero tiene un lado duro.

-¿Qué es lo que te deja su imagen y la de Carlos Ominami, el hombre que te crió?

-De Carlos el rigor, Carlos fue hijo de militar. Te voy a contar una anécdota. Carlos me enseñó a ducharme en 30 segundos, porque no quería que gastáramos agua, a pesar de que teníamos los medios. Carlos detesta el despilfarro. Y de Miguel una cierta ética de la convicción, de que bien vale la pena pelear.

-¿Qué quieres dejarle a tus hijas?

-A mis hijas quiero dejarles el amor a la lectura. A mi me costó mucho, pero ahora leo harto y bueno.

-¿En qué estás, ahora? 

-Estoy leyendo sobre la crisis económica subprime, estoy leyendo Piketty, estoy leyendo como cinco libros, soy desordenado. Estoy leyendo “La guerra de Galio” de Héctor Aguilar Camín y estoy leyendo 30 minutas diarias. Me leí el plan de infraestructura del gobierno. O sea tengo la lectura del deber y la del placer.

-¿Qué más haces cuando no eres candidato?

-Jardineo, rego el pasto, tonteras. Limpio mucho la casa los fines de casa. Estoy repoco, eso sí. Limpio, Tengo trastorno obsesivo compulsivo. Quiero que las cosas estén puestas de cierta manera. Los sábados y domingos me la paso retando a alguien porque me movieron el sofá. Troto siempre, aunque no se note.

-Tienes dos agendas, una roja y una azul. ¿Cuál es el sistema para entenderlas?

-En la roja están todas las políticas publicas, los guiones, las ideas, lo programático y el contenido, cientos de minutas que he leído durante años. Y esta otra, la azul (que está llena de post its) tiene toda una metodología, el tiempo semanal, el día, tips comunicaciones, el partido, la fundación, las pegas, la película, las clases, los años, los meses, las regiones que he visitado, pegas más detalladas, las platas personales, el colegio, el almuerzo.

-¿Cómo sabes en qué lugar está todo?

Las tengo hace 15 años, las voy guardando. Me las sé con ojos cerrados.

-¿Qué pasa si las pierdes?

Me muero. Es una terapia. Aquí están las cosas a las que me comprometo y las hago todas.