Media hora de sexo con una simpática prostituta alemana cuesta 50 euros (unos 32 mil pesos chilenos) en el burdel “Oasis de placer”, de Wuppertal, Alemania. Una cifra que se torna inalcanzable cuando la cesantía golpea duro o se vive de la ayuda social en tiempos de crisis. El prostíbulo ha cortado, pues, por lo sano: la prestación costará 35 euros (es decir, unos 22.500 pesos) si el cliente acredita estar sin trabajo.

La oferta ha llamado la atención, en especial por las razones que dio la dueña de la casa de citas, Denise Tausch. “Mi burdel queda en una zona caliente en términos sociales y muchos de los clientes son beneficiarios de la ayuda estatal. Con esta oferta les permitimos venir de forma más frecuente”, explicó la mujer de 28 años y piercings en las mejillas al diario “Bild”.

La prensa alemana se pregunta si esta oferta es realmente una forma de ayudar a los caídos en desgracia o sencillamente una forma bastante cínica de hacerse publicidad. Los avisos insertados en el periódico “Wuppertaler Rundschau” promocionan a “Oasis del placer” con la palabra “caliente” repetida cuatro veces y con la foto de una abundante muchacha que no se parece en nada a las prostitutas que han acompañado a Tausch en sus apariciones en prensa. Acá parece que alguien hizo el negocio del año.

En una vitrina

La situación es crítica y ha obligado a buscar formas ingeniosas de atraer a los clientes.

 

“Svenja quiere tener sexo”

“A los prostíbulos no se va solo a tener sexo. También los hombres van para sentir la ternura, la cercanía y la dulzura del diálogo con una mujer. Eso los ayuda cuando pasan por situaciones tan difíciles como la cesantía”, dijo Tausch, explicando la verdadera naturaleza de su oferta. Si alguien duda de la disposición de un cesante a llegar a un local con un certificado de pobreza para exigir una rebaja, le sorprenderá saber que Tausch se vanagloria del éxito de su medida. “He recibido muchos llamados de personas que quieren rebajas pese a no cumplir con los requisitos. Quizás tenga que pensar en ampliar el espectro de la oferta”.

En este prostíbulo podría replicarse algo que muchos critican al sistema alemán: que los desempleados, a veces, tienen más privilegios que los asalariados. “Tengo que ser cuidadosa y no afectar a los otros clientes. Si hago muchas rebajas, para ellos el servicio será más caro”, explicó Tausch, que añadió que sus empleadas (o sea, las prostitutas) siguen ganando lo mismo. Las pérdidas las asume de su propio bolsillo, asegura.

En otras partes se reproduce el fenómeno. En Dachau, cerca de Múnich, la casa de citas “Pura emoción” (que se define como “limpia y familiar”) informa que “a modo de agradecimiento por su lealtad” en estos momentos duros, “la sexta visita tendrá un descuento de un 30%”. Y en Hamm, un aviso tomado al azar dice “Svenja quiere tener sexo contigo. 80 euros. Incluye rebaja”. Si le parece muy caro, no se preocupe: puede obtener cupones de descuento en Popprabatt, que es algo así como un “Groupon sexual” alemán, y así pagar menos.

 

Falta comida

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En Dubí, pequeño pueblo de República Checa, había 400 prostitutas. Hoy han disminuido considerablemente.

Pero la crisis tiene otras caras. Lo de las ofertas sexuales, más allá de su carácter anecdótico, muestra que cuando el dinero empieza a escasear, el comercio sexual se ve dañado. Dubí es una pequeña localidad checa ubicada cerca de la frontera con Alemania y cuya gracia era la oferta de prostíbulos. Clientes alemanes y austríacos llegaban allá a demandar servicios de calidad a precios módicos.

Pero ya en 2011 bajó la afluencia de visitantes y de los alternes existentes, apenas Kiss, Venezia o Libido podían abrir todos los días de la semana. Donde antes había casas de placeres mundanos ahora hay farmacias y tiendas de flores. Y ahí se produce otro problema: la falta de clientes produce bajas de precios.

“Recuerdo una época en la que solo en Dubí había 400 prostitutas. Ahora no son más de una veintena o una treintena”, explicó a la agencia Presseurop un encargado policial checo. Ilona, una de las chicas que se quedó sin local donde ofrecer sus atenciones, tuvo que salir a la calle. “A veces no tengo ni siquiera un cliente al día”, se quejaba la muchacha de 28 años, que ahora cobra 20 euros por sesión. Antaño la cifra era el doble.

Y pese a todo ello, parece seguir siendo un negocio lucrativo, o al menos una vía de escape válida cuando todas las otras opciones han fracasado. España, uno de los países más afectados por la crisis económica, ha visto cómo se ha incrementado el número de mujeres que se ganan el pan a cambio de sexo.

El canal de televisión Antena 3 presentó un reportaje donde una muchacha de 20 años explicó por qué tomó la decisión: “Me dedico a esto porque no tengo ni para comer ni para pagar el alquiler”. Los reportes de prensa aseguran que el caso se repite una y mil veces. En Inglaterra se incrementó el último año el número de estudiantes que pagan su universidad gracias al trabajo sexual. Y en Portugal el fenómeno sigue el mismo cauce. Y todo por cuatro letras: “euro”, obvio.