Camino a Denali National Park and Preserve, en Alaska, hay un ícono y parada obligada para todo turista que circule por la Autopista George Parks y desee llevarse una foto del lugar. Se trata de un gigantesco igloo construido en uretano (un material semejante al plástico) que se erige majestuoso pero arruinado al lado de la carretera.

Su actual propietario, Brad Fisher, colgó el letrero de “Se Vende” y está dispuesto a firmar la escritura por solo US$ 300.000 y decirle adiós a su adquisición de 1996. Para Fisher, el lugar ofrece grandes posibilidades para todo aquel que tenga alma de emprendedor, tenga el dinero para la compra y esté dispuesto a vivir las condiciones extremas de Alaska.

Su propietario está seguro de que puede ser un atractivo hotel o restaurante, gracias a su espectacular ubicación a solo 32 kilómetros de Cantwell y al hecho de que puede ser el lugar de descanso para aficionados a deportes invernales o a caminar cuando las nieves se han derretido. El paisaje que rodea al igloo es maravilloso, rodeado de montañas y bosques, además.

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CC BY 2.0 – Bob Keefer – https://www.flickr.com/photos/rkeefer/

“No tengo dudas de que puedes hacer dinero por el lugar donde está. Es decir: todos paran y lo miran”, argumenta el dueño.

Hay algunos inconvenientes y detalles que conviene saber. Para empezar, no hay electricidad. Tampoco está en condiciones de ser habitado, ya que quienes lo construyeron dejaron a medias el proyecto de hotel que iba a ser este igloo. Por supuesto, su estado de abandono lo ha hecho lugar propicio para el vandalismo.

Según los cálculos del actual dueño, se requieren alrededor de dos millones de dólares para arreglarlo y ponerlo en funcionamiento.

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El Igloo por dentro. CC BY-NC-ND 2.0 – Sandwich – https://www.flickr.com/photos/sandwichgirl/

La propiedad ha estado y salido de venta desde el 2005, año en que Fisher dejó de usarlo como una estación de servicio para vender combustible. Asegura que, si no se vende, no tiene planes de echarlo abajo. Al parecer, le tiene cariño y ha estado pensando seriamente recubrirlo para protegerlo del clima. “Está ahí para quedarse”, concluye.

 

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