Caer rendido a los pies Emma Charlotte Duerre Watson es algo completamente normal. Es más, es una ley de la naturaleza. Para quienes transitan la vida en la década de los 20, la actriz es lo más cercano a la chica que viste crecer en el colegio, la chica linda e inteligente a la que nunca te acercaste para pedirle más que un lápiz o el cuaderno con la materia. La guata se te llenaba de mariposas con cada suspiro de ella, y ahí quedabas, inmóvil, como un conejito encandilado por un foco de luz incandescente y maravilloso.

Emma nació en París por accidente -sus dos padres son ingleses-, aunque a los cinco años ya corría por Oxfordshire y Londres. El mundo la conoció de manera temprana, al ser seleccionada para el papel de Hermione Granger, en Harry Potter, el libro infantil más exitoso de todos los tiempos. El rol duró diez años, suficientes para ver a Watson convertirse en una mujer, un florecimiento mágico, casi como el Big Bang.

Su belleza no tiene faltas, es un continuo divino e inexplicable. Perfecto. Basta mirar cada uno de sus trabajos en la industria del modelaje. Su estela, su aura parecen tan puros que no queda otra que venerarla.

Mientras se despega de la imagen de Hermione, Emma ha entregado varias películas (The Bling Ring, The Perks of Being a Wallflower), pero también se ha entregado a sus propias metas: acaba de graduarse en Literatura Inglesa en la prestigiosa Universidad de Brown y ha sido nombrada embajadora de la buena voluntad por la ONU.

Emma es instructora de yoga, tiene dos gatos -Bubbles y Domino-, escribe sobre sus días en diarios de vida y le gusta el gin tonic, lo que termina de darle un toque irresistible. ¿Dijimos que era perfecta?

Ella es Emma Watson

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