Mafalda nació hace 50 años, en el seno de una familia argentina de clase media. Vivían en Buenos Aires, en un céntrico departamento en la calle Chile. El padre trabajaba en alguna oficina, su madre lo hacía como dueña de casa y la vida de Mafalda transcurría entre su odio a la sopa, ir al colegio, escuchar a Los Beatles, recibir los regalos de Los Reyes Magos, jugar con los amigos y lidiar con un hermano demasiado distinto a ella.

Sin embargo, lo que diferencia a esta chica de una niña normal era una visión del mundo que está más vigente que nunca.

Aunque vino a la vida a mediados de los 60, está claro que la humanidad no ha cambiado mucho. Probablemente, el miedo a los Chinos se reemplazó por el temor a los terroristas árabes, pero el problema entre Palestina e Israel, el hambre y las dictaduras en África, la burocracia, la represión por la vía de la fuerza, el escaso poder de la ONU y la tremenda influencia del Banco Mundial siguen tal como en 1964 y en la década del 70. Aunque para algunos esos problemas estén tan lejanos…

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Frente al televisor, al lado de la radio o leyendo el periódico, Mafalda sufría en carne propia algo que probablemente no entendía en un 100% (en realidad, quién puede entenderlo), pero precisamente por eso nos entregaba un punto de vista fresco, ético y humanista respecto a las cosas. Y ante sus frases no queda más que rendirse a la brutal genialidad de una chica que sacaba sonrisas, a veces risas, pero que siempre nos dejaba la tarea: si es tan evidente, ¿por qué no hemos hecho nada?

 

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Mafalda era una chica que se hacía preguntas. Demasiadas. Y cuando no encontraba respuestas, iba una generación más arriba, a cuestionar a aquellos que moldearon para mal el mundo en el que ella vive. Su padre era siempre el más afectado y no había pasión por las plantas que le evitara, de vez en cuando, tener que consumir “Nervocalm” para sobrellevar algunas de las preguntas y comentarios de su hija.

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En sus 9 años de vida, Mafalda se llenó de amigos, cada uno con sus particularidades. Estaba Susanita, la que quería casarse y tener hijitos. Manolito, el hijo del almacenero obsesionado con los negocios. Felipe, el chico fantasioso con problemas de voluntad. Libertad, la pequeñita hija de un par de hippies. Miguelito, soñador y siempre haciéndose preguntas.

Han pasado 50 años y muchos ya se han hecho la pregunta: ¿Qué estaría haciendo Mafalda hoy? ¿Transformada en dueña de casa? ¿En una abogada de renombre? ¿Peleando por los derechos de la mujer?¿Empantanada en problemas cotidianos? ¿Soltera? ¿Casada? ¿Viviendo en el mismo departamento de la calle Chile? ¿En un country?

Difícil saberlo. Quino la criogenizó, la ha sacado a pasear de vez en cuando, solo cuando la ocasión lo amerita y cuando se requiere de una voz esperanzadora y con autoridad. Pero el dibujante nos impidió ver la evolución de una chica necesaria para entender que el mundo de ayer es el mismo de hoy. Tenemos los mismos problemas, los mismos miedos, las mismas catástrofes y la misma ciega ambición. Solo cambiamos el diario por el Tablet, la radio por el iPhone y la televisión… bueno, por más que la cambiemos, sigue siendo televisión…

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