Si alguna vez imaginaste cómo luciría una diosa de la fertilidad, en tiempos clásicos, ve a Google, Bing o cualquier otro buscador y digita Monica Bellucci. La belleza vaporosa y sublime de la actriz italiana es quizás lo más cercano a aquellas divinidades pasadas, que hoy habita en suelo terrícola. Lo único que puede envidiarles es la inmortalidad, a la cual renunció el día en que decidió casarse con el actor Vincent Cassel. ¿Lo paradójico? Esta semana, la pareja confirmó -preparen hombros consoladores- que no siguen juntos.

“Tu puedes sentir pasión por el peor hombre del mundo. Sin embargo, eso no tiene nada que hacer con vivir juntos. Son más importantes la verdad y la certeza de que tu compañero está ahí cuando lo necesites. Sería loco esperar de él que me sea fiel si es que no me ha visto por dos meses. Yo creo que Vincent es muy sexy y es importante pensar de tu marido en esa forma. Pero él no es un hombre normal. A veces lo amo mucho, y en otras, preferiría matarlo”, declaró Bellucci el año 2011, cuando el quiebre no se vislumbraba, pero reflejando ciertas grietas.

Bellucci es una de las mayores divas del cine europeo -hoy trabaja junto a Emil Kusturica en la filmación de “Along to Milky Way”-, y con 48 años siempre le ha echo el quite a Hollywood, pese a que su despegue fue con “Drácula”. “Nunca podría haber vivido ahí. Están obsesionados con la juventud y la belleza, incluso más que nosotros. Hay algo en Estados Unidos, cuando las actrices cumplen 40 se vuelven locos. La industria del cine quiere jóvenes. También quieren diferentes tipos de mujeres. Yo nunca seré flaca… Me gusta comer, ¿a quién le importa? Yo soy natural”, afirmó algunos años atrás.

Nosotros le creemos y la aplaudimos.

Y la consolamos.

También la recordamos en toda su plenitud, en “Malena” (2000)