Fútbol sobre todas las cosas. A la hora de elegir mi deporte favorito, no hay dudas. Sin embargo, llevo cuatro años viviendo en Estados Unidos -donde el fútbol ni siquiera está en el Top 5-, y existen algunos elementos que envidio sanamente,en torno a la experiencia deportiva, y que me gustaría ver más a menudo en la cancha.

Comprar cervezas en el estadio y vivir el deporte con pasión sin necesidad de convertirse en un imbécil o un termocéfalo capaz de agredir a un hincha rival, son dos buenos ejemplos. Pero sobre ellos está la comunión que se da entre las ciudades (no solo un equipo) con sus ídolos deportivos. En el fútbol los casos son exiguos (acaso Francesco Totti con la Roma), pero en las ligas profesionales de Estados Unidos faltan dedos para enumerarlos.

El último ejemplo significativo es David Ortiz de los Boston Red Sox.

Big Papi es una leyenda en el Beantown. El pelotero dominicano se inició como beisbolista de la MLB en los Minnesota Twins. Cinco años después, en 2002, aterrizó en los Red Sox. Su comienzo fue irregular, pero poco a poco, Ortiz demostró que sus brazos nacieron para golpear jonrones y liderar a los Medias Rojas en su primer título nacional (World Series) en 86 años, sepultando para siempre la maldición del Bambino. Luego vino la corona de 2007 y la de 2013, la primera que se ganó en Fenway Park, la catedral del béisbol estadounidense, desde 1918.

2013 también fue el año en que la unión de la ciudad con Ortiz se selló para siempre. Tras los atentados del Maratón de Boston, Big Papi fue una de las figuras prominentes a la hora de levantar a la ciudad, con un discurso en el diamante de Fenway, que terminó con una frase célebre.

“Esta es nuestra maldita ciudad y nadie va a dictarnos nuestra libertad. A ser fuertes”

Además de los 541 jonrones, Ortiz es un realmente uno de los pilares de la ciudad. A cambio, esta acaba de retribuir todo ese cariño en esta temporada 2016, la última de Big Papi en el profesionalismo. Sí, con 40 años en el cuerpo, el dominicano ha decidido dar un paso al costado, generando un desfile de homenajes resumido con el bautizo de una calle y un puente de Boston en su nombre, además del gesto de los Red Sox de retirar para siempre el número “34” de sus camisetas y darle un video de despedida relatado por Kevin Spacey.

Así es como se despide a un ídolo.

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