“Por muchos años, la gente siempre me preguntó quién sería el próximo Pibe. La respuesta es James Rodríguez y él ya está mostrando que se ha ganado el honor, y seguirá haciéndolo por muchos, muchos años más”. Carlos Valderrama, El Pibe, no tiene dudas de que James, el mediocampista que lidera a una impecable Colombia en Brasil 2014, es su esperado heredero.

Valderrama fue el símbolo colombiano en los 90. Un artista del espacio y de quien brotaba magia cada vez que sacudía los rizos de oro de su cabellera. Desde su retiro, sin embargo, nadie pudo llenar su vacío. Ni Macnelly Torres, ni Giovanny Hernández. Colombia lo sufría. Pero mientras las naves se quemaban una tras otras, en la ciudad de Ibagüé comenzaba a forjarse una leyenda.

James Rodríguez nació en Cúcuta, pero pronto su madre se mudó con él al departamento de Tolima, a la capital musical de Colombia. El padre de James había sido futbolista e incluso seleccionado juvenil, pero fue su padrastro, Juan Carlos Restrepo, quien lo empujó a perseguir sus sueños tras un balón. Y su madre, claro, quien cada vez que lo veía que iba a a disparar un tiro libre, gritaba “¡distancia, distancia!”, para que el árbitro revisara que tan lejos estaba la barrera.

El salto de la calle, de las pelotas de plástico, a las de verdad fue más o menos rápido. Rodríguez, que soñaba regates y ser Valderrama -“todos lo soñábamos”-, cayó en las inferiores del Envigado, club modesto, pero que lo hizo debutar con 14 años. A los 17 ya estaba en el Banfield de Argentina y ahí fue clave en el primer título de El Taladro en 113 años de historia. Como el mundo del fútbol es más chico que el real, sus aventuras con el balón rápidamente comenzaron a ser escuchadas al otro lado del Atlántico.

Porto fue su primera casa, y ahí la visión periférica del 10 se amplificó. Hizo de su compatriota Jackson Martínez un monstruo del gol, al mismo tiempo que abría el estómago para clubes con mayor poder de compra. El Mónaco francés ni se arrugó en pagar 45 millones de euros por su pase.

James dice que los humos no se le han ido a la cabeza. Su esposa, Daniela, con quien se casó a los 19 y quien es hermana del golero de la Selección Colombia, David Ospina, lo corrobora y lo acusa de ser un hombre tímido. De esos que hay que chantajearlos para que hablen.

A los colombianos, eso sí, poco les importa el genio corto del crack que tenía apenas 7 años cuando la selección fue por última vez a un Mundial (Francia 1998). A ellos les basta que James Rodríguez hable en la cancha. Si bien no sabe bailar salsa, el equipo juega a su ritmo y hay acuerdo generalizado de que es uno de los mejores de Brasil 2014: tres goles y dos asistencias para dominar a Grecia, Costa de Marfil y Japón son testimonio de sus habilidades.

Valderrama, el Pibe, en una conferencia de Adidas, lo decretó: “Ha demostrado que es una estrella”. Su trono ya fue ocupado. James Rodríguez es su heredero.

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