El sueño se acabó. Fue hace dos días, pero el arco maldito del Estadio Mineirao sigue lacerando la piel de manera cruel. Cada vez que cierro los ojos está Pinilla remeciendo el horizontal como si fuera un gif. Lo mismo pasa con el penal de Jara y el poste izquierdo de Julio César. No soy el único, hay otros 17 millones con la pesadilla. Una y otra vez, pero de manera incompleta: me faltan las lágrimas de Gary Medel.

Vivo en Estados Unidos y acá la transmisión fue cortada un poco antes, justo cuando Chile, un hermoso grupo de 23 hombres caminaba hacia las tribunas para agradecer el apoyo de los hinchas, esos que se pelaron las cuerdas vocales cada vez que había que cantar el himno nacional durante Brasil 2014. He visto las fotos del Pitbull llorando, pero insisto, nada con movimiento, nada que muestre esas lágrimas cayendo al suelo. Ningún video en YouTube o cilp en la TV. ¿Por qué? Básicamente, porque lloraría junto a Medel, en diferido, pero junto a él.

La distancia pone los ojos más sensibles.

Hace cuatro años me ilusioné con el Chile de Marcelo Bielsa, un equipo cuya figura era el entrenador. En aquel entonces, también un 28 de junio, la eliminación en octavos también ante Brasil fue dura, pero sin mucho espacio al dolor. El Scratch había barrido a La Roja sin apelación. Para este Mundial, Sampaoli extendió la filosofía de Bielsa, sin embargo, ahora el soporte descansó en los hombros de cada uno de los jugadores. Todos más maduros, todos con hambre.

Quienes entraron a la cancha hicieron el mejor fútbol que le vi a una selección chilena, un mazo de cracks con la categoría necesaria para eliminar a España, el último campeón del mundo. Ver a Arturo Vidal haciendo lo imposible para recuperarse de una artroscopia en la rodilla, ver a Claudio Bravo imponiendo seguridad y respeto como capitán, ver a Alexis Sánchez corriendo sin bencina para que tipos como Daley Blind le pegara 7 patadas en un partido, y ver al Pitbull Medel, jugando con una pierna destrozada solo por demostrar cuánto ama a Chile, fueron actos que sacudieron el alma.

Sobre todo el Pitbull, el Gary.

Medel

ANFP / Carlos Parra

Medel es mi jugador favorito de todos los tiempos. Al menos de los que he visto jugar en mi vida. Obviamente, aquí no hay nada objetivo y, aclaro, no es oportunista. Soy hincha de la UC, por donde han pasado tipos gigantes como el Beto Acosta. He admirado rivales como el Matador Salas o el Cabezón Espina, y también he visto otras ligas, en las cuales me han encandilado Messi, Zidane, Ronaldo (el de verdad, el brasileño), Romario, Francescoli, Iniesta, Maradona. Pero como Medel, ninguno. Si hay que enseñar cómo se vive el fútbol, el Pitbull es el mejor ejemplo para la clase.

Debutó en un clásico universitario, amenazando que si había que pegarle a Salas lo iba a hacer. Jugó tan mal que lo sacaron en el entretiempo. En su defensa, lo hizo de lateral derecho. Al poco tiempo, eso sí, Medel se convirtió en el dueño del mediocampo. Un jugador aguerrido, al que no le cabe el corazón en el pecho. De pocos goles, pero de los importantes. Lo sabe la U, lo saben los fanáticos de River Plate que lo sufrieron con los colores de Boca Juniors y lo sabe cada jugador que lo vio con la camiseta de Chile.

Imposible olvidar su correteo contagioso en la Sub 20 de Canadá 2007, sus saltos al cielo para vencer a tipos 20 centímetros más grandes que él, el doblete ante Bolivia rumbo a Sudáfrica 2010 -chilena incluida-, el carrerón que quebró la defensa de Argentina y que dio origen a la famosa frase de Alfio Basile “a llorar a la iglesia”, el zapatazo ante Perú camino a a Brasil 2014 o el gol ante Ecuador que aseguró los pasajes a la Copa del Mundo. El Gary está en todas partes. Es un santo omnipresente.

Medel es el alma del equipo, Medel es el alma de Chile. Ante Brasil, en estos octavos de final de los palos malditos, el partido más triste de Chile en los últimos 50 años, Medel estaba ahí, tratando de que no fuera así. Tenía un desgarro, un tobillo destrozado, pero le envolvieron la pierna en tela adhesiva para que pudiera entrar y acabó jugando 108 minutos, hasta que se le rajó aún más esa pierna. Mientras estuvo minimizó a Neymar, sacó todas las pelotas que caían al área, se mató y contagió al resto para que hicieran lo mismo. Brasil, como nunca, le tuvo miedo a Chile. Pero al final… esos malditos palos.

Medel, el Gary, tenía derecho a llorar. “Dije que no iba a llorar, pero pensé en toda la gente que sufrió por Chile, por terremotos, incendios, el sur que se inundó todo. Me acordé mucho de mi familia, mi gente, y por eso lloré dentro de la cancha. Fueron lágrimas de tristeza, pero también de emoción por un equipo que se entregó por completo”, contó después del partido, engrandeciendo su leyenda.

Sus lágrimas son las de un hombre de clase baja que gracias al fútbol no cayó en prontuarios policiales, como el mismo ha reconocido, son las de alguien que puso esfuerzo en lo único que sabía hacer para no sucumbir ante las injusticias de la vida. Sus lágrimas son las de un héroe de clase trabajadora, de un campeón. Son las lágrimas de un Chile plagado de adversidad, las de un pueblo que se levanta cada mañana para trabajar de 7 a.m. a 10 p.m., rompiéndose el lomo por un sueldo que nunca nos hará pasar de los octavos de final, pero que al día siguiente se limpiará el rostro para seguir adelante porque tal vez algún día nunca dejará de ser nunca.

Gary

ANFP / Carlos Parra