Estoy aprendiendo a correr. Bueno. Después de gatear y caminar siempre supe correr. Detrás de una pelota de fútbol, tratando de alcanzar el bus en un paradero e incluso en un par de protestas. Cuando digo “estoy aprendiendo a correr”, me refiero más a un estilo de vida, lo que siúticamente llaman “running”. No lo hago por una vida sana (como más que chancho antes de ser sacrificado). Corro porque me pidieron un desafío: los 16 kilómetros benéficos del Blessing of the fleet road race. En el camino me enamoré. Me gusta correr, me gusta ir más lejos y correr cada vez más rápido, aunque sea en un segundo. También sufro. Las piernas duelen. Y corro en una ciudad donde todo el mundo corre y cuyo corazón “runner”, además, está herido.

El 16 de abril aún no corría, pero fui a ver cómo la ciudad asistía a la misma carrera que corre desde hace 116 años. A las 2.50 de la tarde, eso sí, la ciudad dejó de correr. Dos explosiones, separadas por menos de veinte segundos, pusieron de rodillas a Boston.  “Escuché la primera explosión y comencé a ver a la policía empujando a las personas. En eso vino la segunda explosión.  No podía creerlo”, relata a XY, el marroquí Said Isouhail, quien participó de la competencia y fue testigo directo de la tragedia planeada por los hermanos Tsarnaev, dos residentes de la amistosa y multicultural Cambridge, conocida también como People’s Republic of Cambridge.
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“Me habían entregado la medalla de la participación y me ponía la frazada térmica cuando escuché un ruido profundamente sónico”

“Terminé la carrera dos minutos antes de la explosión, me habían entregado la medalla de la participación y me ponía la frazada térmica cuando escuché un ruido profundamente sónico”, recuerda por su parte Nancy Damm, de  Michigan. Su amiga Alexis Nees se duchaba en el hotel cuando sintió que las ventanas se estremecían. Dos horas después, recién se reencontraban en medio del pandemonio. “Escuché a mucha gente que decía hay que dejar la ciudad”, agregó Kristin Gustafsson, quien viajó desde California. Tom Eggers, bostoniano de tomo y lomo, también describió los minutos de horror. “Estaba bastante cerca, cuando escuché la explosión. Quería seguir y no entendía mucho lo que pasaba. Después de correr más de tres horas el cerebro no piensa mucho. Veía el humo y todos venía en contra mío. Era un absoluto caos. Mi hermano estaba en la meta, pero por suerte no le pasó nada”.

Boston estaba paralizado. El shock dejó a la ciudad perpleja. Todo en pausa. Pero de repente, alguien puso play. Fue el momento de la resiliencia, del lema “Boston Strong”, pese a los tres muertos y los más de 100 heridos que dejó el cobarde ataque. La gente volvió a las calles y volvió a trotar. “Podrán haber derribado momentáneamente nuestros pies, pero nos levantaremos. Correremos otra vez y terminaremos la carrera”, dijo el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, días después en un servicio en honor a las víctimas.

Pero The Bean City ya tenía los pies en las calles. Ahora es normal ver a la gente corriendo con chaquetas de la maratón o con el mensaje “Boston Strong”. Nancy Stedman de Florida explicó esa fortaleza. “No pueden amenazar la vida ni dictar cómo vivirla”, afirmó a XY, prometiendo participar en la versión 2014. “No pueden robarle el espíritu a la ciudad. Boston es Boston. Si este año vinieron 50 mil personas, el próximo año vendrán 100 mil”, añadió Eggers.

Este domingo se realizó la primera gran carrera después de los atentados y siete mil personas acudieron a la competencia. Un 10K alrededor del parque Boston Commons. El ganador de la maratón de abril, Leslia Desisa, donó su medalla en honor a las víctimas y se fortaleció la promesa de que el próximo año la ciudad nuevamente estará en la calle, corriendo o alentando a los que corren. No seré uno de ellos. Me gusta correr, pero no 42 kilómetros. Pero sigo en el día a día, solo como un testigo que ve a la ciudad curando sus heridas.

Corre Boston, corre.

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