Cuando Alexis Sánchez besó la pelota lanzándola al palo derecho de Sergio Romero y se quitó la camiseta celebrando el título de la Copa América, en mi cabeza todavía pensaba que quedaban penales que lanzar, en mi cabeza todavía no éramos campeones, en mi cabeza todavía no podía creer que 99 años de derrotas y maldiciones finalmente se acababan. Dos o tres segundos después, mientras mi esposa (que es estadounidense) festejaba nuestro título, recién desperté y me di cuenta que tenía derecho a la gloria.

¡Al fin, conchetumadre!

No más frustraciones, no más fracasos, no más “chi-chi, le-le, ganen algo alguna vez“.

Por primera vez tenía ganas de ir a Plaza Italia y abrazar a miles de desconocidos en las calles, de llorar, de emborracharme junto a ellos. De gritar como energúmeno que somos los mejores del continente, que somos los mejores del mundo. No lo hice, básicamente porque vivo a miles de kilómetros de Chile, pero me emocioné hasta la médula, me dio una nostalgia tremenda, con escalofrío en la espalda, cuando recibí un audio de WhatsApp con mi familia gritando un Ceacheí desde Santiago a Boston.

Qué ganas de estar allá, festejando una alegría en medio del saqueo económico del que somos víctimas, en medio de un país tan desigual que da pena. Respondí -tras un breve entrenamiento- con un coro de amigos estadounidenses y Felipe, mi hermano chileno en estas tierras, mientras Gary Medel, el GARY MEDEL de la gente, escupía felicidad después de haber aniquilado al ataque argentino con unas piernas que nunca dejan de correr. Después mandé un texto a uno de mis dos mejores amigos, que estaba en el estadio, para que celebrara por mí.

Miraba la tele con una extraña sonrisa, una sonrisa poco acostumbrada, pero que espero sea una sonrisa constante en futuras generaciones, generaciones que ya no deberán cargar con un siglo de fracasos.

No me gustó que algunos de los jugadores dedicaran el título a Uruguay, no me gustó que se lo dedicaran a Argentina ni tampoco el chistecito de Valdivia con el dedo en La Moneda. Era innecesario. Prefiero quedarme con los festejos propios, con Edú Vargas celebrando su título de goleador con su pequeña hija en brazos, prefiero quedarme con Claudio Bravo siendo el mejor arquero de la Copa y recordando a Carlo de Gavardo, prefiero quedarme con el titánico Medel besando a sus gemelos en su primer título como profesional, con el abrazo de Vidal y Jadue, con Sampaoli empuñando la gloria hacia el cielo, otra vez con Alexis y su penal irreverente, con 45 mil banderas flameando al viento y con Jean Beausejour, primer chileno y primer mapuche campeón de América, recordando a las víctimas de la dictadura que murieron en el Estadio Nacional.

Lo último, resumido en una gran foto de Rodrigo Sáenz de Agencia Uno

No estuve en el estadio, no estuve en Chile pero por primera vez sentí desaparecer los 8.500 kilómetros de distancia que existen entre ambas ciudades, por primera vez sentí que el mapa podía encogerse y que mi grito de ¡campeones! en vez de perderse en el silencio de un lugar lejano se unía a la voz de 17 millones felices por ser, al menos una vez, los mejores de América.