Chile casi muere de un ataque de nervios. Con la oportunidad histórica de definir la Copa América en casa, La Roja estuvo a punto de sucumbir ante el hermoso y gallardo Perú dirigido por Ricardo Gareca.

Pero cuando todo se perdía en las nubes de la desesperación, Eduardo Vargas, el goleador incomprensible sacó un derechazo para colarse en el arco de Pedro Gallese y en la historia del fútbol nacional. Una joya que será recordada por los siglos de los siglos.

Perú se plantó en el Nacional con la idea de lastimar por las orillas y con Paolo Guerrero como faro de ataque. Sin refugiarse, el equipo de la bandasangre le fue a disputar el control de balón a Chile, maniatando sus principales circuitos. Marcelo Díaz estuvo irreconocible, Arturo Vidal lució intrascendente -no ha vuelto a hacer el mismo después del accidente del Ferrari-, Jorge Valdivia dejó el sombrero de mago en la casa, mientras que Alexis Sánchez pareciera que aún no toma el avión Londres-Santiago.

En la zona defensiva, el panorama no era mejor. Con poco, Perú complicaba: un cabezazo en el palo de Farfán y Pepe Rojas con Miiko Albornoz que hacían la de Los Tres Chiflados. El sueño de la final estaba cuesta arriba hasta que el zaguero Carlos Zambrano se jodió al Perú.

Un planchazo innecesario sobre Charles Aránguiz que nadie reclamó y que sacudió la pizarra de Tigre Gareca. Los movimientos tácticos del argentino ayudaron a maquillar muy bien la inferioridad numérica, al menos hasta el final de la primera mitad, cuando en una de las pocas ráfagas de buen fútbol, Chile logró quebrar la resistencia peruana: Sánchez estrelló el balón en el palo y el rebote quedó en los pies de Eduardo Vargas, quien cobró con un tanto que difícilmente entrará a un museo de Bellas Artes.

El gol debía poner tranquilidad. Pero de vuelta del complemento, Perú -con Gareca como mente maestra- siguió demostrando que vendería cara la derrota. Si bien Sampaoli mandó a la cancha a David Pizarro y Eugenio Mena, el control de juego pasaba por pies peruanos.

Guerrero estaba enorme, complicando cada paso de la zaga chilena, mientras que Luis Advíncula, el mejor lateral derecho del torneo- se comía con papas fritas a Alexis Sánchez y se daba el lujo de lanzarse en ataque. De hecho, una de sus excursiones terminó con un centro que Gary Medel, el Pitbull del pueblo introducía en arco propio. Chile era un plato de nervios en forma de tallarines.

Pero el Pitbull es el Pitbull y Vargas es Vargas.

Apenas un par de minutos después de lo que parecía un cataclismo, el propio Medel salió a morder a Paolo Guerrero en territorio peruano -junto a Valdivia-, El Depredador no controló bien y el balón quedó en Vargas, ese goleador incomprensible que fracasa en Europa, pero que se convierte en superhéroe cada vez que se pone la camiseta roja de Chile. El resto, un poema a la altura de Pablo Neruda:

El golpe, por cierto, no mandó a Perú a la lona. Los 10 de Gareca que seguían en el campo continuaron batallando con un pundonor único y en buena lid. Su despliegue fue encomiable y emocionante, pero terminó ahogándose en las aguas del tiempo

Chile, por su parte, abría las celebraciones por su primera final de Copa América desde 1987 y la chance de ir por el trofeo que siempre le ha sido esquivo.

Habrá que mejorar, pero solo queda un paso.