Cobresal, campeón del fútbol chileno.

Seamos sinceros, maestros. Nadie en su sano juicio hubiese apostado la cabeza a que algún día pasaría, pero los mineros de El Salvador ahí están, celebrando el primer título del club en la primera división.

Su alegría es mi envidia, lo reconozco, pero al mismo tiempo es una envidia sana y noble, una envidia a su espíritu luchador, a su alma amateur, a su resiliencia, a su bella porfía.

Cobresal nació hace 36 años, en medio de la nada: el campamento minero de El Salvador, en pleno desierto de Atacama. Desde entonces, su existencia ha estado fuertemente ligada a la producción del cobre en el yacimiento y ese cobre no es para siempre. Varias veces le han puesto fecha de vencimiento, tal como a Cobresal, candidato eterno al descenso según los “expertos”, y club al que casi no transmiten por TV, porque está muy lejos de la capital.

Cobresal campeon

Pese a todo, Cobresal nunca ha bajado los brazos. Con cada vez menos recursos, pero con el siempre fiel apoyo de los 900 hinchas que siempre van a su estadio, los mineros empiezan cada campeonato con sus sueños alineados en la idea de mantenerse en la “elite”. El Clausura 2015 no fue la excepción, la idea en mente era pelear punto a punto para no caer a la Primera B.

De pronto, con el tino y la astucia de su DT, Dalcio Giovagnoli, el equipo fue encontrando temple. Agazapado, esperando una u otra oportunidad comenzó a sumar de a tres y hasta se dio el lujo de conseguir sendos triunfos ante sus escoltas: Colo Colo y Universidad Católica, dos gigantes, dos equipos de linaje, llenos de comodidades y con billeteras que hablan en dólares y no pesos.

Cobresal se fue curtiendo día a día y sus jugadores, repentinamente, se dieron cuenta que el sueño era posible, que estirando el brazo se podía tocar la gloria. El arquero Nicolás Peric puso la experiencia, Juan Pablo Miño y Rodrigo Ureña se comieron todos los mediocampos del país, mientras que Matías Donoso se convirtió en el “9” más excitante del torneo chileno, sacando provecho de la soledad, como un ghurka, como un legionario.

El impulso final fue la adversidad. La región de Atacama sufrió inundaciones históricas que cobraron la vida de 26 personas, mantiene desaparecidas a otras tantas y dejó daños enormes. Cobresal también padeció el desastre. Además de lo emocional, el club vivió problemas cotidianos que a la vez terminaron uniendo al plantel en una sólida roca, cuya imagen simbólica es la de los jugadores bañándose con baldes tras un entrenamiento, porque el servicio de agua potable estaba cortado. Cobresal duchaInstalado en ese entonces como punteros del torneo, y desde la humildad de quien sueña, el título se convertía en un juramento: era una obligación ser campeones para dar una alegría a todos quienes habían sufrido.

Después de la victoria ante Colo Colo nos dimos cuenta que estábamos para ser campeones. Tuvimos muchos inconvenientes con la tragedia en el norte y no fue simple. Hablamos mucho sobre eso, y nos sinceramos en lo que íbamos a afrontar. Tuvimos que jugar de local en La Pintana y eso nos costó un poco. Finalmente como dice el dicho, lo que no mata fortalece

Dalcio Giovagnoli, DT de Cobresal

Cobresal soportó estoico en la cima, aferrado a sus ideales. En el partido que le dio el título ante Barnechea hubo nervios y tuvo que remontar ante un equipo descendido. Tenía hambre. Mientras, su rival directo, la Universidad Católica, con todas sus comodidades desperdiciaba un 3-0 a favor y hasta se perdía un penal que hubiese extendido el suspenso por una semana más. 

Pero no fue necesario, el grito de alegría tronó en todo el desierto: ¡Cobresal, campeón! Un título de esfuerzo, un título del espíritu amateur, un título para el recuerdo eterno.

¡Cobresal, campeón!