No tenemos que meter a la gente en la política porque somos países hermanos. Esto es un deporte y hay que tomarlo como un divertimento y no como una guerra. Ojalá que todos entiendan esto… Entiendo que sea una causa nacional tanto para los chilenos como para los argentinos, pero no tenemos que perder de vista el respeto. Los principales protagonistas del espectáculo somos los jugadores y tenemos que dar el ejemplo. No tiene que haber agresiones ni violencia

Javier Mascherano, seleccionado argentino

La Copa América está linda. Sobre todo para Chile y Argentina, los equipos que están en la final. Seguro, ha habido espectáculo, goles y emociones. Pero como nota al margen también un par de cosas malas, de elementos negativos que opacan algo de su brillo: el dedo de Jara, el excesivo uso de violencia para contener a los habilidosos (Neymar y Messi fueron molidos a patadas) y un exacerbado discurso chovinista. Es un círculo odioso que se mueve dentro y fuera de la cancha, matando el sentido común y el respeto.

La voz de Mascherano suena a tiempo y es un mensaje que debe ser replicado como antídoto a las cabezas de pescado que se oyen entre los “jugadores” y los “hinchas”.

Alguna vez canté porompompóm, porompompóm, el que no salta es un [inserte nacionalidad] maricón, avivado por la masa. Pero un día crecí y cada vez que la escuché preferí guardar silencio, comprendiendo la virulencia y la homofobia que encierra el verso. Luego repliqué la actitud ante cualquier frase de estadio que insultara al rival. No faltará quien diga que no tengo corazón, que no tengo sangre, que no hago el aguante, pero quienes pudieran decirlo no tienen cerebro.

Porque el chovinismo no piensa y solo empuja a la violencia. En esta edición de la Copa América, el paradigma de ese mal gusto ha sido el ritmo “Decíme que se siente” entonado por subnormales argentinos, esperando que venga un tsunami, tape a todo Chile y que nadie los ayude. El escritor Eduardo Sacheri repudió el hecho, pero no pudo detener la respuesta de los subnormales chilenos recordando la tremenda tragedia de la guerra de Las Malvinas.

En Uruguay, los subnormales de la Celeste, siguen maldiciendo a Chile por la derrota en cuartos de final, partido del condenable dedito de Jara. Luego, se pueden seguir encontrando ejemplos que dan llamas a animosidades ridículas y que destruyen la hermandad de los pueblos por una soberana estupidez. Amo el fútbol, pero pelearse por él es innecesario.

Un amigo chileno, de ascendencia argentina-uruguaya, me contaba que se salió de un grupo de WhatsApp familiar por la malignidad de los comentarios en los partidos Uruguay-Argentina y Uruguay-Chile. Simplemente, no quería desgastarse ni terminar enojado con su padre o sus hermanos. Ese es el nivel del problema

Igual, pedir que los obtusos desaparezcan de aquí al sábado quizás es ingenuo, pero lo de Mascherano es la señal correcta, es la dirección que todos debieran seguir.

Finalmente cruzo los dedos para que la final de la Copa América entre Chile y Argentina circule por los caminos más cercanos al sentido común, y los más lejanos a la barbarie.