La primera vez que vi a Jorge Sampaoli en una cancha fue cuando entrenaba a Coronel Bolognesi de Perú, en 2006, en un duelo de Copa Sudamericana ante Colo Colo. El tipo se paseaba al borde de la línea, inquieto, alaraco. Probablemente, sin imaginar que la derrota sufrida esa noche sería el primer paso antes de forjar su camino lleno de éxitos en Chile.

Tras esa campaña, Sampaoli llegó a O’Higgins -donde le decían el Bielsa del Cachapoal-, y luego de un paréntesis en el Emelec de Ecuador, aterrizó nuevamente para conquistar la Copa Sudamericana con la Universidad de Chile en 2011 y seducir al mundo con la Selección Chilena, en un proceso que terminó en 2015 con la primera Copa América en la historia del país.

Sí, a Jorge Sampaoli hay que darle las gracias por muchas cosas. Por las alegrías, por continuar el camino trazado por Bielsa, por los éxitos, por hacer de Chile una de las 5 mejores selecciones del mundo… La lista es larga y su método de juego quedará enquistado en nuestros corazones eternamente. Qué gran entrenador.

Pero, desde hoy, Jorge Sampaoli no es más el técnico de Chile y su salida no ha sido por la puerta grande que merecía. Y en la hora de las culpas, entre otros, el DT también tiene su parte.

Básicamente, por más que dijera que tenía un proyecto diseñado hasta Rusia 2018, Sampaoli quería irse. Quería nuevos aires, lo que es entendible. Quería más dinero, lo que es entendible. Quería nuevas vías para el reconocimiento internacional, lo que es entendible. Todo justo.

El gran problema, sin embargo, es que su discurso siempre fue incoherente y se volvió contra él. Principalmente, su ideal del bendito amateurismo, de jugar en la cancha por el honor de la victoria, más que por la fama y el dinero. Y el punto es que mientras enarbolaba la bandera del fútbol pasional, Sampaoli por detrás sacaba frías y ambiciosas cuentas de sus contratos. ¿Un ejemplo? Además de sus emolumentos mensuales, el DT firmaba un acuerdo con un banco que no era el auspiciador oficial de la Selección.

¿Perdonable? OK. Insistimos, cada uno verá cómo lleva el pan a su casa. Pero en esa misma vuelta, Sampaoli nuevamente se pisó la cola. Tras las escándalos de la Conmebol y Jadue se supo que tenía cuentas en paraísos fiscales para pagar menos impuestos en Chile, la nación que le daba trabajo. ¿Y el amateurismo? ¿Y las causas sociales de un mundo más justo? ¿Y el Bielsismo? Pamplinas.

Con el cambio de mano en la ANFP, y sin Jadue en la dirigencia, las aguas se fueron enturbiando progresivamente, y Sampaoli usó sus pecados para hacerse la víctima. Que la prensa tenía la culpa, que le habían violado un contrato de privacidad, que no creía como un “ídolo nacional” podía caer en desgracia tan rápidamente, que a Bielsa nunca le habrían hecho lo mismo.

Y la verdad es que a Bielsa le hicieron lo mismo, le violaron un contrato de privacidad sobre su sueldo. Sin embargo, en vez de agarrárselas con el país entero, como sí lo hizo Sampaoli, puso nombre y apellido a las tres o cuatro personas que forzaron su salida.

Eso es clase, esa es la razón de por qué Bielsa tiene tantas viudas. ¿Sampaoli? Gracias por todo y hasta nunca.