Vivimos en el mundo del fútbol multinacional, en donde los equipos más que un club son empresas, grandes corporaciones que se sirven del mercado. Como la Coca Cola, Apple o Google. El espectáculo es lindo, no lo negamos, pero también tiene sus puntos negros: los hinchas son clientes, eligen apoyar a oncenas que están a miles de kilómetros de sus barrios y la diferencia entre los clubes más ricos y los más pobres cada vez es más grande.

Real Madrid, Barcelona, Manchester City, Chelsea, Manchester United, Arsenal, Bayern Munich, PSG, Juventus -por nombrar a los más prominentes- tienen tanta plata que sus dominios locales e internacionales, sencillamente, aburren.

¿Cómo llegamos a esto? Por una acción justa que se salió de las manos.

En 1990, Jean Marc Bosman, jugador de RFC Liege de Bélgica, terminaba contrato con su club y decidía emigrar al club francés Dunkerque. Sin embargo, el Liege impidió el traspaso exigiendo el pago de una indemnización, pese a que ya no había una relación laboral directa. Bosman no pudo ser vendido y pasó cinco años demandando a todos quienes evitaron la transferencia e impedían su libre derecho a trabajar dentro de la Unión Europea.

Su batalla legal acabaría en 1995, justo hace 20 años, con una decisión que cambiaría para siempre la historia del fútbol en dos puntos fundamentales

  • Un club ya no podía bloquear el fichaje de un jugador que termina contrato
  • El tribunal decretó que Bosman -ni ningún otro jugador europeo- podía ser considerado “extranjero” en un club del Viejo Continente.

Hasta entonces la mayoría de las ligas europeas solo permitían tres jugadores extranjeros por equipo. O sea, había que elegirlos con pinzas. El caso Bosman amplió las fronteras. ¿Cómo? Ser europeo ya no significaba ser “extranjero” per se, lo que abrió las compuertas del Viejo Continente a jugadores latinoamericanos, africanos, asiáticos y oceánicos.

El límite seguía siendo de tres “extranjeros”, pero poco a poco se fueron encontrando nuevos resquicios legales para burlar el espíritu de la ley. El ejemplo clásico fue la nacionalización/europeización de jugadores de otros continentes porque tenían un “abuelo” o “abuela” nacidos en Europa. Los famosos futbolistas “comunitarios”. El proceso era rápido y en su nueva calidad de “ciudadanos” del “primer mundo”, latinoamericanos, africanos, asiáticos y oceánicos dejaron de ser “extranjeros” por arte de birlibirloque,

Fue la génesis del saqueo. El fútbol europeo -que siempre fue económicamente más poderoso- comenzó a exportar nuevos talentos a ritmo de retroexcavadora, para crear un monopolio a costa de las ligas del resto del mundo. Muchos jugadores ni siquiera cumplen una temporada en sus países natales y en seis meses ya juegan en algún club de medio pelo en Europa.

¿El caso más extremo? La Premier League de Inglaterra. Sus planteles parecen un panel de las Naciones Unidas en donde lo que menos hay son ingleses. ¿Señales de cambio? Ni en las cómicas.