Jurgen Klinsmann. Qué jugador. Flaco, veloz, siempre corriendo en la punta de sus pies, con las rodillas altas, melena rubia al viento y la cara llena de gol. A 15 años del retiro, su figura se mantiene calcada, sin señas de haberse caído a las parrilla.

Hoy, el sinónimo de gol de Alemania en los años 90, es el DT de Estados Unidos, rival de Chile en un amistoso de preparación para la Copa América que se juega en Rancagua. Tenerlo aquí sirve de excusa para repasar su magnífica carrera:

EL NIÑO PANADERO

El Bombardero Dorado nació en Göppingen, en la Alemania occidental, en 1964. Desde pequeño demostró habilidades con el balón cosido a sus pies y uno de sus momentos estelares ocurrió cuando apenas tenía 9 años: jugando por TB Gingen anotó 102 goles en un año, 16 en un mismo partido. Klinsmann se comió cada una de las canchas amateur que pisó y a los 16 fue fichado por el Stuttgarter Kickers. Dos años después subiría al primer equipo, pero antes de lograrlo necesitó cumplir una obligación requerida por su padre:

Convertirse en panadero

Sí. Su familia siempre estuvo ligada al negocio del pan y en caso que la obsesión por el fútbol no resultara al menos tendría a que echar mano.

GOLEADOR INSACIABLE

Klinsmann defendió por dos años al Stuttgarter Kickers, en la segunda división de la Bundesliga. Sus goles sedujeron al VfB Stuttgart, los rivales cruzando la calle y ahí su carrera explotó, anotando 94 goles en 186 partidos. Su mejor momento fue 1988 donde logró el premio como Mejor Jugador de la Bundesliga.

Su hambre con los goles continuó en el Inter de Milán de Italia (40 goles en 123 apariciones), Mónaco de Francia (34 tantos en 79 partidos), Tottenham de Inglaterra en dos ocasiones (39 gritos en 68 duelos), Bayern Münich (48 en 84) y la Sampdoria de Italia (2 goles en 9 encuentros).

Defendiendo la Mannschaft, el Bombardero Dorado también dejó su marca: 47 conversiones en 108 nominaciones. 11 de ellas fueron anotadas en los mundiales de 1990, 1994 y 1998.

Aquí, una muestra de su olfato:

MAESTRO DEL PISCINAZO

De forma paralela a sus éxitos, Klinsmann también tuvo su lado oscuro: era conocido por simular o exagerar las faltas del contrario. El momento icónico de su carrera, en este apartado, es la final de Italia 1990, donde una de sus acrobáticas caídas terminó con la expulsión del argentino Pedro Monzón, el primer jugador en la historia en recibir la tarjeta roja en esta instancia.

Su fama de piscinero era tal que siempre fue un jugador odiado y resistido por los hinchas ingleses, quienes suelen castigar a los teatreros con sonoras pifias. El problema vino cuando llegó al Tottenham en 1994. Varios los recibieron con puntajes anotados en carteles, en una ironía vinculada a los clavadistas de los Juegos Olímpicos, pero Klinsmann ni se inmutó. De hecho, cuando anotó su primer gol, celebró lanzándose un piquero al pasto para burlarse de las gradas.

Después de 21 goles con los Spurs, los niveles de odio descendieron abruptamente.