Todos sabemos que el ránking FIFA no es el parámetro más justo para medir el rendimiento de las selecciones del mundo, pero no vamos a venir a criticarlo ahora, menos cuando el último listado ubica a Chile en un histórico quinto puesto.

Sí, la Roja es apenas superada por Bélgica, Alemania, Argentina y Portugal. En términos prácticos, esto significa que si el Mundial de Rusia fuera mañana, Chile estaría clasificado e incluso sería cabeza de serie.

Premio merecido al trabajo de Jorge Sampaoli y los jugadores que componen la selección, entre los que destacan Alexis Sánchez, Arturo Vidal, Claudio Bravo y Gary Medel. El triunfo en la Copa América y su sólida participación en las Clasificatorias son los argumentos que le dan a la Roja tal honor.

Sin embargo, no todo es alegría para el fútbol chileno. Mientras la selección y sus cracks brillan en el ránking FIFA y las ligas europeas, el campeonato nacional da pena. El actual Campeonato de Apertura Scotiabank 2015 es un torneo corto (el más corto del mundo) de apenas 15 fechas, su programación es un despelote y en varios estadios no se ven más de mil personas en las tribunas.

Hace unos días, David Pizarro quien dejó Italia para volver al Santiago Wanderers de sus amores habló con “La Gazzetta dello Sport” y expuso todos los problemas, en declaraciones explosivas:

“En Chile encontré una realidad completamente diferente a lo que esperaba. Es todo el sistema del fútbol chileno el que no funciona. Ganamos la Copa América, hay maravillosos estadios, pero van 300 personas a ellos”.

Las raíces de los males son variadas. Una externa es el mercado de pases eurocentrista y que convence a los dueños de los equipos a ser “exportadores” de materia prima, más que de construir equipos competitivos. Luego, las enfermedades propias. Ya con un bien escaso (jugadores talentosos), tampoco pareciera haber esfuerzos por levantar la calidad del espectáculo.

Las sociedades anónimas que se hicieron cargo del fútbol chileno a comienzos de siglo no invierten. Llevan años caficheando los estadios del Estado, lloran cuando deben contratar personal de seguridad y no se esfuerzan para convencer a los hinchas de que vayan a las tribunas para apoyar a los equipos. Solo les basta descansar en el respaldo económico que les da el monopolio del Canal del Fútbol (CDF), cuyo modelo de negocio es que la gente vea fútbol en la casa.

Y en eso reside lo peor de todo: no hay voluntad de cambiar