Johnny Herrera es un excelente arquero. Seguro bajo los palos, preciso en la salida con los pies y un hombre que acumula más de mil batallas en sus guantes. Sabe lo que es el puesto, ganó títulos nacionales, una Copa Sudamericana y la consecuente devoción de los hinchas de la Universidad de Chile. Con 33 años en la espalda debiera ser un ejemplo para futuros jugadores, tanto de la U como de otros equipos.

Sin embargo, Johnny nunca creció. Nunca maduró. Su idea de defender orgullosamente los colores azules de su camiseta, la U que en el pecho es símbolo republicano de saber, se extravió y confundió entre el humo del discurso para la galería y el analfabetismo del hincha (de cualquier equipo) que cree que el fútbol es algo de vida o muerte. No simbólicamente, sino que literalmente.

¿Su última exhibición? El Superclásico ante Colo Colo.

Convengamos. “Calentar” un partido es parte del folclore del fútbol. Decir que eres mejor que el rival, que las estadísticas son para los estadísticos es normal y de algún modo alimenta el espectáculo. Pero hay límites y Herrera los ha sobrepasado sistemáticamente con declaraciones destempladas y acciones repudiables como patear la camilla de asistencia mientras un compañero de profesión recibía atención médica (a Fernando Meneses en el Clásico Universitario de octubre de 2013).

Ante Colo Colo, apenas terminado el partido y consumada la derrota por 2-0, reconoció que estuvo a punto de golpear a Felipe Flores (otro termocéfalo del fútbol), a quien llamó despectivamente “chipamogli”, un sobrenombre mezcla de chimpancé y Mowgli, el Niño de la Selva.

Pregunta: ¿de qué equipo será el Chipamogli?

OK. No nos desviemos. Declaraciones en caliente, quizás la última barrera para justificarlo (aunque en realidad no debiera ser así). Sin embargo, dos días después del Superclásico, Herrera sigue con el ventilador prendido invocando a la violencia.

Sobre el Estadio Monumental

“Para mí es un asco. No sé cómo se deja entrar a esa gente a la galería, pero ya sabemos lo que es ir a Pedrero. Para mí es un vertedero”.

Sobre Felipe Flores:

“Me aguanté de pegarle un combo en el hocico, pero no lo hice porque Dios es grande. Me sigo lamentando de no pegárselo, pero creo que hice bien. Hay jugadores que se respetan y otros que no. A él no lo respeto ni dentro ni fuera de la cancha… Quizás en una de esas, en las vueltas de la vida, nos encontraremos”

Horrendo.

Flores, por cierto no es un santo. En el partido se dedicó a sacar de quicio a sus rivales. Que no haya trascendido su mensaje al amparo de los estúpidos códigos de camarín no lo exculpa ni lo absuelve como culpable. Tanto Herrera como Flores solo causan heridas al fútbol.

No faltará quién dice “seguro nunca le has sacado la madre a alguien en la cancha”. Pero ese es exactamente el punto en todo esto. Actitudes como estas, de “profesionales”, normalizan comportamiento y lenguaje violento, tanto en canchas donde el fútbol se vive con pasión amateur o en la galería, donde el hincha compra el discurso para justificar la violencia sobre alguien que lleva una camiseta de color diferente.