La carrera de Renato Ramos es una oda al fútbol que amamos. No el fútbol plastificado y asiliconado de la Champions League o la Premier, sino ese que es maravillosamente descrito por Los Miserables en la canción “El crack”. Ese que conecta sueños de niñez, el barrio y alguna que otra gloria en canchas repletas de hinchas, a través de un trabajo lleno de esfuerzo y sacrificio que vemos domingo a domingo.

Renato, el Tiburón, nunca jugó en un equipo “importante”. Siempre recorrió calles paralelas a la gloria. En el andar, claro, no faltó la intersección o cruce con las grandes avenidas. Al mirar sus 143 goles profesionales (101 en primera división) aparecen varios recuerdos inolvidables: el 30 de octubre de 2005, día en que detuvo el récord de imbatibilidad José María Buljubasich, dejándolo en 1.361 minutos; el día 12 de febrero de 2011 (su cumpleaños) en que hizo su primera tripleta como profesional, en un 5-1 a Colo Colo que significó la renuncia del DT albo Diego Cagna; u otro 12 de febrero, el de 2015, en que su olfato goleador puso a Palestino en su primera Copa Libertadores en 36 años. Los mismos 36 años de vida que cumplió el Tiburón.

Si bien los tetracolores perdieron ante Nacional de Uruguay, el gol de Ramos sirvió para maquillar el resultado global de la eliminatoria ante el Bolso (en la ida Palestino ganó 1-0) y otorgar el ansiado pasaje al grupo 5, donde deberá enfrentar a Boca Juniors de Argentina, el Zamora de Venezuela y al Montevideo Wanderers uruguayo.

Ramos, antofagastino de nacimiento, no tuvo una carrera explosiva ni se identificó mucho con un club. Su historial de camisetas incluye a la Unión Española, la Universidad de Concepción, Everton, Antofagasta, Audax Italiano, Ñublense, San Marcos de Arica y Palestino, hasta ahora su última estación. En todos (excepto la Unión) ha hecho goles y ha practicado la ley del ex, pero cosa curiosa: nadie odia al Tiburón. Renato Ramos es un tipo respetado por todos, incluso en los equipos rivales que lo sufren semana a semana.

¿Por qué? Porque es un jugador humilde, al que no le regalaron nada y que siempre tuvo la cabeza -la misma con que hizo tanto goles- tranquila. Nunca se encandiló y por sobre todo respetó al equipo que defendía como al rival que tenía en frente. Un ejemplo clásico de su grandeza es el día en que batió a Buljubasich: en vez de celebrar con sus compañeros y salir corriendo para hacer su clásico festejo, Ramos fue donde el portero de la UC y lo abrazó.

Un crack.

Ahora, Ramos tiene nuevos desafíos y los hinchas de Palestino solo quieren ver esta imagen repetida una y otra vez. Que vengan Boca, Zamora o Wanderers, que un Tiburón los espera