La última vez que Mauricio Pinilla había anotado por la Selección de Chile aún había micros amarillas. Había sido en el Estadio Metropolitano de San Cristóbal, en Venezuela, en 2004, durante un partido de las Clasificatorias a Alemania 2006. Fue un derechazo en el minuto 84 de juego que batió a Gilberto Angelucci y que significó una de las pocas victorias chilenas en ese proceso. Pinilla lo celebró sacándose los shorts y poniéndoselos en la cabeza.

Entre esa noche y hoy, más historias de desencuentros que de glorias. Pinilla básicamente tiró a la basura sus mejores años por estar preocupado de cosas que estaban fuera de la cancha. Pese a ello, siempre le alcanzó para tener una nominación por aquí y por allá, y para un día sentar cabeza. Fue más o menos en 2009 cuando fichó en el Grosseto. Pinilla volvió a tener una carrera y oportunidades en la Selección. Sin embargo, el gol le fue esquivo hasta el paroxismo, al punto de convertirse en el casi casi, una maldición que se materializó en un tatuaje después del infame travesaño del minuto 119 durante los octavos de final del Mundial 2014 ante Brasil. El célebre palo de Pinilla.

Parecía que nunca más volvería a marcar vestido con La Roja.

Sin embargo, Venezuela otra vez. Después de la caída ante Argentina y en momento de urgencia, Pinilla volvió a llenarse la garganta de gol. Tras comenzar perdiendo -gracias, Johnny Herrera-, el delantero enmendó el camino de Chile con un doblete que quedará en el podio de sus recuerdos. El primero, el que rompió la maldición, un cabezazo sin resistencias.

Esta vez no hubo celebración desbocada, sino que una alegría contenida, una alegría madura.

Pinilla fue la figura ante Venezuela. Batalló con los centrales venezolanos, resistió a un corte en su cabeza y siempre fue un punto de referencia en el área llanera, una especie de faro. Luego vino el segundo, arrastró marcas en el tercero (convertido por Vidal) y recibió los aplausos de los chilenos en Barinas al ser reemplazado por Nicolás Castillo.

¿Qué más podía pedir? Una noche redonda, 11 años después.