Hace un par de días, Huachipato y Universidad de Chile igualaron 2-2 en el Estadio Las Higueras. Un partido vibrante que quedará en el recuerdo por una de las situaciones más bizarras del fútbol chileno. Al finalizar el primer tiempo, el delantero azul Leandro Benegas mató un balón con su pecho y con una bella contorsión -chilena- lo clavó en el ángulo para el 1-1 parcial. GO-LA-ZO. Benegas corrió a celebrarlo, pero en vez de abrazar a sus compañeros saltó las vallas publicitarias y comenzó a apuntar a un hincha anónimo, diciéndole “para vós”, mientras con sus manos expresaba que tenía unos huevos / cojones / testículos  gigantes.

Benegas, post partido afirmó que el festejo era para un amigo, mientras que otras versiones hablan de que se lo dedicó a un fanático que lo criticó constantemente por perderse goles. Sea como sea, el juez Carlos Rumiano no dudó y le mostró la tarjeta roja por gestos obscenos.

Esa misma noche, 2.575 kilómetros al norte de Talcahuano, Cobresal igualaba 1-1 con San Marcos de Arica con un gol de último minuto de Matías Donoso. En la celebración, Donoso se quitó la camiseta e hizo lo mismo que Benegas: corrió con alegría mostrando que tenía unos huevos gigantes. ¿El pero? No hubo expulsión.

matias donoso

Pantallazo / CDF

Aquí no estamos para teorías del empate o analizar desigualdad de criterios arbitrales, los cuales siempre existieron y siempre existirán, llantos más o llantos menos. El punto aquí son los “huevos”, “tenerlos gigantes”. Al futbolista y al hincha les gusta ufanarse de una supuesta condición anatómica para demostrar que su equipo es el mejor y que quienes no gozan de este trazo genético son pechos fríos, jugadores que no tienen corazón, que no mojan la camiseta o que les pesa.

Muchas veces, es cierto, un equipo gana un partido (o lo empata) en el último minuto con más carácter y fuerza que con fútbol, pero eso no los hace tener los huevos más grandes. Si fuera así, si tuvieran los huevos más grandes, ¿por qué no ganan todos los partidos? ¿Qué pasa cuando pierden? ¿Se les achican los huevos?

Claramente es un discurso, uno para la galería. Los partidos se ganan porque jugaste mejor y se pierden porque jugaste peor. No hay huevos ni poderes sobrenaturales. No es porque el futbolista usa los mismos calzoncillos cabaleros que soportan sus huevos gigantes, no es porque entraron en la cancha haciendo tres pasos cortitos con la pierna derecha, no es porque le dieron un beso a la pelota antes de un penal ni porque se persignaron tres veces.

Un partido no se gana “gracias a dios”, un gol no se hace “gracias a dios”, con todo respeto a quienes creen en él. ¿Qué pasa si los 22 jugadores en la cancha creen en dios? ¿Por qué debería alegrar a 11 y decepcionar a la otra mitad? Dios -si crees en él- está preocupado de ISIS, del calentamiento global y no de un Colo Colo vs. Barnechea o un Ñublense vs. Audax Italiano.

Un partido lo ganas, empatas o pierdes no porque tienes los huevos grandes, no porque creas en dios, sino porque en el fútbol hay tres resultados posibles (ganar, empatar o perder) y porque tienes buenos jugadores o malos jugadores. Punto.