Sergio Romero mide 1,92 m. Le dicen Chiquito, quizás por ironía o porque es el más bajo entre sus cuatro hermanos. Pudo ser basquetbolista como Diego, uno de ellos, pero al final decidió que lo suyo era defender los palos. Lo hizo relativamente bien en cada arco que se paró hasta convertirse en el número 1 de Argentina. En el vaivén de la vida, eso sí, llegó al Mundial de Brasil 2014 con una nube en la cabeza. Suplente en el Mónaco, equipo dueño de su pase, no fueron pocos los críticos que esgrimieron argumentos del tipo “no tiene continuidad” para pedirle a Alejandro Sabella que no lo pusiera en el 11 inicial. Sabella no escuchó a nadie y hoy Romero es el héroe que lleva a la Albiceleste a la primera final desde 1990.

Chiquito nació en Bernardo de Yrigoyen, al norte bien al norte de Argentina, donde la tierra se pega justamente con Brasil. Años después, con toda la familia, se fue al sur bien al sur, en los pagos de Comodoro de Rivadavia. Su papá era alguacil y cada vez que lo redirigían había que armar la maletas otra vez. “Soy Misionero, de termo, yerba y mate. Pero jamás renegaré de Comodoro del Sur, sentir sus vientos, sus mañanas heladas, la escarcha para ir al colegio. Por eso, como en la canción de Argentino Luna, soy sureño en el norte y norteño en el sur”, contó Romero una vez a la AFA.

Una vez desechado el básquetbol se sumó a las inferiores de Racing. Ahí estuvo de paso. Mientras se consolidaba como campeón del mundo Sub 20 en Canadá 2007 y obtenía la medalla de oro en Beijing 2008, los ojos de Europa examinaban sus actuaciones. El primero en mover el dedo, vaya coincidencia, Louis van Gaal, entrenador en ese entonces de el AZ Alkmaar. Su primer encuentro con el DT, lo relata así: “Llegué al aeropuerto muerto y en traje. Como el plantel estaba en Alemania, Van Gaal me mandó un coche para que me subiera en auto e hiciera de un tirón tres horas para verlo. Cuando llegué me dio la mano y me dijo en español: Cámbiate y ponte los guantes que nos vemos en el campo”.

Chiquito, acostumbrado al cambio, luego se viró a la Sampdoria y de ahí al Mónaco, donde Claudio Rainieri, un ave rara en el fútbol, lo sentenció a la banca. Romero, que desde 2009, en la Argentina de Maradona, venía siendo titular indiscutido de Argentina (incluyendo el paso por Sudáfrica 2010) comenzó a ser cuestionado y a la hora de Brasil los rictus de la hinchada no eran de felicidad. Sabella lo aguantó y el portero tapó algunas bocas en el duelo de primera fase ante Irán. Después de las semis ante la Holanda de Van Gaal, su mentor, terminó la tarea: los dos penales atajados (a Vlaar y Sneijder), colaron a una Argentina que no brilla, a un paso de su tercer Mundial.

Pero para que las manos de Chiquito brillaran, hay que reconocer a otro héroe. Quizás aún más grande.

Mascherano

AFA / Facebook

¿Messi? Respuesta equivocada. Leo Messi ha estado intermitente y ante Holanda practicamente desaparecido. Si Argentina se mantuvo en pie, la clave reside en Javier Mascherano. O más bien, en el corazón de Javier Mascherano. El esfuerzo de El Jefecito es magnánimo, conmovedor. Por circunstancias de la vida no lleva la jineta, pero no hay muchas dudas de que es el capitán de la Albiceleste, al menos en espíritu.

El santafesino debutó por Argentina cuando ni siquiera había jugado un partido como profesional. Y apenas comenzó, Marcelo Bielsa armó los equipos sobre la premisa Mascherano +10.

Hoy con 31 años, Javier ve que este es el último tren posible para ser campeón del mundo. Como siempre deja todo en la cancha, y más. Frente a los belgas, en cuartos de final, aleonó a los suyos diciendo “estoy cansado de comer mierda”. Ante los holandeses, en semifinales, casi lo noquearon de un cabezazo, pero se paró, corrió, manejó los hilos (es el jugador que más pases da en el Mundial) e incluso barrió in extremis a Robben en la última jugada de los 90 minutos. Una intervención que le causó dolor profundo. “Me abrí el ano”, reconoció post partido.

Mascherano mantuvo su ilusión viva y antes de los penales prendió la de sus compañeros: “Hoy, hoy te convertís en héroe”, le tatuó en la cabeza a Chiquito Romero y ya sabemos esa parte de la historia.