La vida de Luis Suárez, el delantero uruguayo que recuperado de una artroscopia de rodilla despedazó casi completamente los sueños de Inglaterra en Brasil 2014, nunca fue fácil. Sus lágrimas postpartido son, perdonando el cliché, apenas la punta de un iceberg de esfuerzo y el triunfo de una batalla contra demonios externos y propios.

Luisito nació en Salto, al norte de Uruguay, en una familia compuesta por seis hermanos. Él es el menor. Creció en una casa de clase baja, donde las dificultades eran tormento diario. “Mis padres no se podían dar lujos”, contó una vez a la cadena RT. Una de las pocas cosas que lo hacía feliz era jugar a la pelota descalzo, en la calle junto a sus amigos. Un día, sin embargo, todo cambió. Su padre se fue y su madre, con toda la prole a cuestas, decidió partir a la capital, a Montevideo.

Ahí Suárez recogía monedas, buscaba formas de llevar algo a su casa, y encontró a Nacional, el equipo de sus amores. Luisito ya era un adolescente, un diamante en bruto que comenzaba a ser pulido, un ser humano que respiraba goles, un muchacho que se enamoraba por primera vez. Sofía Balbi, en ese entonces, tenía 13 años, dos menos que Suárez. Vivían un amor como solo se puede vivir a esas edad. Y ahí, nuevamente, un uppercut directo al corazón del jugador.

Balbi y su familia emigraron a España. Luisito no podía hacer nada, tenía el alma partida y lo fácil fue refugiarse en la noche, en el alcohol y las malas compañías. Dejó el fútbol de lado, en Nacional no querían verlo e incluso hay reportes de que le dio un cabezazo a un árbitro. Suárez se había desbarrancado por completo, un talento camino al desperdicio.

Pero Suárez renació.

Luis Suarez - Sofia Balbi

vía Facebook

Sofía, a través de correos electrónicos, le pedía que se pusieran las pilas y que si un día todo salía bien, pronto podrían reunirse en Europa. Luisito se transformó en Luis. Nacional de Uruguay se le hizo chico y el Viejo Continente le abrió los brazos. Primero fue el modesto Groningen, y luego el Ajax, donde marcó 111 goles en 156 partidos y se unió a un club centenario que incluye a monstruos como Johan Cruyff, Marco van Basten y Denis Bergkamp. Pero lo mejor es que Holanda estaba más cerca de España. Suárez se había reencontrado con Sofía y en 2009 decidieron casarse.

Luego vino el Mundial de Sudáfrica, donde Suárez fue acusado de tramposo al detener un tiro con la mano en el último minutos de los cuartos de final entre Uruguay y Ghana. El jugador fue expulsado y el penal que provocó desperdiciado.

Con Uruguay ganó la Copa América 2011, siendo elegido el Mejor Jugador del torneo. En ese entonces ya era jugador del Liverpool, donde acumula gloria, pero también polémicas. Lo llamaron “racista” por supuestos insultos a Patrick Evra y lo crucificaron luego de morder a Branislav Ivanovic. Dos errores grandes en su carrera, que no pueden ser justificados, pero a los que nadie les pone signos de interrogación. Escarbar en su pasado da respuestas a esos arranques, pero también en cómo va aprendiendo las lecciones.

Hoy Suárez es quizás el humano más cercano a la genialidad de Leo Messi. Pero quiere más. Brasil 2014 aparecía como la oportunidad para demostrarlo, pero una lesión lo dejó con el alma en vilo. Vino la cirugía a la rodilla, la recuperación y se perdió el duelo inaugural ante Costa Rica, donde la Celeste realmente lo extrañó.

Reapareció ante Inglaterra y espantó todos sus demonios. “Soñé con esto, lo soñé. Estoy disfrutando este momento por todo lo que sufrí, las críticas… Ahí están”, afirmó entre lágrimas después de los dos goles, cada uno celebrado besando su muñeca derecha, en honor a su esposa Sofía y sobre el tatuaje que lleva el nombre de su hija, Delfina.