Boston. “Lo correría mil veces”, dice Martín Quinteros, chileno, mientras se saca los 42 kilómetros del maratón de Boston 2014, en los pastos el Commons, el espléndido parque público de la ciudad. Martín vivió tres años ahí y sabe lo que significa la carrera para sus habitantes.

Hace un año, sin embargo, la alegría fue teñida por la tragedia. Un doble ataque explosivo ensombreció 117 años de tradición y la vida de cuatro familias, las cuales perdieron a sus seres queridos en las detonaciones producidas a pocos metros de la meta de la competencia. La ciudad lloró, tuvo su duelo, pero poco a poco fue levantándose bajo el lema “Boston Strong”.

La gente salió a las calles para trotar, los Red Sox ganaron las series mundiales del béisbol y la energía para organizar la nueva versión, la 118 del maratón, comenzó a fluir de manera fenomenal. No había lugar para el miedo, no había lugar para sentirse amenazado.

En el maratón de Boston de 2014, realizado este lunes, hubo 32 mil atletas corriendo, muchos en honor a las víctimas del ataque, y más de un millón de personas en las calles alentando a los participantes. En 10 años cubriendo deportes, nunca vi una atmósfera similar. La ciudad estaba de pie.

Martín no era el único chileno. Había al menos 25. Estaba su amigo Daniel Schuftan, la pandilla de Road Runners, liderada por Pablo González, el mejor nacional con 2 horas 52 minutos; Diego Valenzuela, quien estuvo acompañado por su esposa Mariela y entrenó 1.200 kilómetros para la competencia; Rómulo Díaz, que dedicó su carrera a su hijo Tomás de seis meses, y terminó con ampollas en los pies; o el cirujano Mohamed Danilla, quien hace unas semanas estaba operando y evacuando pacientes durante el terremoto 8,2 que afectó al Norte Grande del país.

Todos estaban emocionados al cruzar la meta. Poco importaban los récords. La carrera es dura, pero se hizo un poco menos con la energía del público y las motivaciones personales. La conclusión generalizada: “Se pasó la gente, espectacular”.

Fotos: Luis Vidal / Derechos Reservados