Los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro serán los primeros de la historia en disputarse en suelo sudamericano y los segundos realizados por un país de Latinoamérica, luego de México 1968.

¿Cómo fue la experiencia? Una fiesta del deporte que… Ok, no. Hubo un poco de eso, con superación de récords de atletismo gracias a la altura de Ciudad de México (2.200 metros sobre el nivel del mar), pero todo fue minimizado por el contexto global, una serie de controversias y las terribles decisiones políticas del país sede, así como de otros miembros del comité olímpico.

La primera gran polémica se vivió en torno a Sudáfrica, país que fue alejado de la competencia por razones más que justificables. En aquel entonces, se vivían los días del Apartheid y eso llevó a muchos atletas de otras naciones africanas, así como de Estados Unidos, a amenazar con un boicot a los Juegos si Sudáfrica era aceptada. El Comité Olímpico atendió a la demanda y Sudáfrica no participó del evento.

Era solo el comienzo.

LA MASACRE DE TLATELCOCO

Las Olimpíadas cuestan dinero y el gobierno mexicano decidió meterse la mano al bolsillo. El problema es que había una larga lista de necesidades sociales que fueron pasadas a llevar para financiar la fiesta del deporte. Sindicato de trabajadores y estudiantes comenzaron a demostrar su descontento con la administración del presidente Gustavo Díaz Ordaz, en masivas protestas.

Con la inauguración de los Juegos Olímpicos cada vez más cerca, Díaz Ordaz se puso nervioso. Quería mostrar un país en orden, pero una muchedumbre se reunió en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelcoco para manifestarse con lemas como ¡No queremos olimpiadas, queremos revolución! Nadie daba su brazo a torcer y 10 días antes del inicio del evento deportivo, Díaz Ordaz llamó al ejército y la policía a romper la protesta.

Inicialmente se dijo que los manifestantes habían provocado a las fuerzas de orden, pero finalmente se comprobó que fueron estas -en helicópteros y con francotiradores- las que trataron de dispersar a la gente a punta de balazos, dejando decenas de muertos, en una jornada trágica y que quedó en los anales como la Masacre de Tlatelcoco.

Tlatelcoco

BLACK POWER  Y VERA CASLAVSKA

Pese a la tragedia, el gobierno mexicano, el comité olímpico y la comunidad internacional decidieron continuar con el show como si nada hubiese pasado. Sin embargo, las polémicas no se detuvieron.

Una de ellas fue protagonizada por la gimnasta checa Vera Caslavska. Contraria a la invasión comunista de la Unión Soviética a la entonces Checoslovaquia, la deportista fue una voz política importante en favor de la democracia. Para algunos, eso le costó un par de medallas de oro, en decisiones bastante extrañas durante los Juegos Olímpicos y que favorecieron a atletas soviéticas. En la ceremonia de premiación, Caslavska siempre miró hacia abajo y a la derecha durante la entonación del himno soviético, en clara señal de protesta y desdén.

De regreso a casa (controlada por el comunismo) fue suspendida por muchos años y considerada persona non-grata.

Algo muy similar ocurrió con los velocistas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos. Ambos atletas de origen afroamericano dominaron la pista en los 200 metros planos y a la hora de la premiación realizaron el mítico saludo del “Black Power”, como una forma de hacer visible internacionalmente la lucha por derechos civiles que se discutía en Estados Unidos. La protesta fue apoyada por el australiano Peter Norman, el otro hombre en el podio.

Una gran causa que no le gustó mucho a Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, quien decidió sacar su lado más oscuro y suspender a Smith y Carlos de toda competencia olímpica de por vida. Norman, en tanto, fue eliminado del equipo australiano en los Juegos de 1972.