Alfredo di Stéfano no era de Argentina o de España, no era de River Plate de Huracán, ni de Millonarios ni del Real Madrid. Tampoco del Espanyol. La Saeta Dorada era de Barracas, el barrio obrero de Buenos Aires en que creció empolvado, corriendo por canchas de tierras en las que botaba una pelota. Un pibe más nacido hace 88 años, que vibró a ritmo de tango y de goles firmados por tipos como Bernabé Ferreira.

La vieja, como le decía a la pelota -nunca balón-, tocó un día su puerta. Banda sangre al pecho, Di Stéfano fue parte de La Máquina de River Plate, uno de esos equipos que está instalado a un costado de los ideales platónico. Era un engranaje secundario, un elemento de repuesto al quinteto compuesto por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lustau. Cuál de todos más capo. Pero Alfredo, paciente, aprendió de lo maestros y fue más allá. Con Pedernera se fue al Millonarios de Colombia para gestar el Ballet Azul, un equipo de gracia internacional.

En 1952, los bogotanos fueron a jugar un amistoso con el Real Madrid y Santiago Bernabéu, el presidente de los merengues, quedó encantado con Di Stéfano. También el Barcelona. La disputa por su pase fue carnívora y hay quienes dicen que las manos ensangrentadas del dictador Francisco Franco terminaron por torcer la historia en favor de la Casa Blanca, un club que en ese entonces era definido como mediocre.

Así como el calendario humano-cristiano está dividido en una época antes de Cristo-después de Cristo, en el Real Madrid operan fuerzas similares: hay un antes y un después de Di Stéfano. Luego de llegar, La Saeta Blanca conquistó cinco copas europeas para los de Chamartín (1956, 1957, 1958, 1959 y 1960) y puso los cimientos para elevar a los merengues como el mejor equipo del siglo XX. La últimas de esas copas de Europa fue su jornada más mágica: tres goles en el 7-3 con que demolieron al Eintracht Frankfurt.

¿Pelé? ¿Maradona? Hay quienes dicen que antes que todos está Di Stéfano. Los triunfos de La Máquina, el Ballet Azul y el Madrid de los 50 lo tienen a él como elemento en común. Pero él siempre escapó a los laureles. Cada vez que le preguntaban sobre si era el mejor, Di Stéfano repetía: “Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Lustau”. Su mente guardaba en ámbar a todas esas figuras que están en sepia, figuras de cuando la TV era apenas un milagro y YouTube la imaginación de loco del futuro.

Su deuda: jugar un Mundial. Argentina no estuvo el 54 ni el 58 y con España, el 62, fue nominado, viajó a Chile, pero una lesión lo dejó fuera antes de entrar a la cancha.

Esta semana Di Stéfano intentó el último regate de su vida. La pelota siguió otro camino y el se unió a la galería de los inmortales. Aquí, algunas de sus enseñanzas:

  • La pelota no se mueve sola. Todo lo que hacemos con los pies, lo hemos de hacer antes con la cabeza
  • Meter goles es como hacer el amor. Todo el mundo sabe cómo se hace, pero ninguno lo hace como yo
  • Ningún jugador es tan bueno como todos juntos
  • El balón está hecho de cuero, el cuero viene de la vaca, la vaca come pasto, así que hay que echar el balón al pasto
  • Un 0-0 es como un domingo sin sol