Todo amante del rugby podrá coincidir en esto: cada vez que el maorí-neozelandés Jonah Lomu cogía la ovalada y se lanzaba en una carrera infinita por la banda izquierda, el mundo se paralizaba para ser testigo de algo mágico y electrizante. Era ver un 1,95 m. y 125 kilos de ser humano haciendo oda a la velocidad y la potencia. Un espectáculo digno del bellas artes que alguna vez fue definido como alguien con “la contextura de un rinoceronte y la velocidad de un guepardo”.

Algunos creen que es el mejor rugbista de todos los tiempos; otros lo discuten, porque nunca ganó una Copa del Mundo. Sin embargo, donde no hay dudas es en considerar a Lomu, emblemático miembro de los All Blacks, como la primera superestrella de este deporte, el primer tipo que tuvo fama mundial dentro de la disciplina.

Hoy, con apenas 40 años, ese mismo Lomu partió a otras canchas en calidad de leyenda. Su familia afirmó que su muerte fue inesperada. Ya estaba retirado del rugby diario -a causa de problemas renales que le significaron un transplante en el 2004-, no obstante, su figura sigue presente en el rugby del recuerdo, en ese que se graba en las neuronas y lo ve desparramando rivales incapaces de detener su imparable camino a la gloria.


“Lo mejor para mí es solo entrar en una cancha y hacer lo que será increíble”, Jonah Lomu.