Este año se corrió la edición número 100 del Tour de France, la carrera más importante del ciclismo mundial. Junto a ella, acompañaba la sombra de la duda. Los casos de dóping en los últimos 15 años lamentablemente opacan su historia. Hace poco, “The New York Times”  publicó una terrorífica infografía de participantes que terminaron en el top ten con test positivo a cuestas y la propia organización de la competencia despojó a Lance Armstrong de los siete títulos que algún día consiguió, luego de que este reconociera haber triunfado con su sangre contaminada con sustancias.

Todo esto es una pena, porque levanta signos de interrogación en torno a si la gente puede confiar realmente en los deportistas que son parte del evento. Y es una pena más grande, porque el Tour es realmente magnífico, al igual que la historia que subyace a sus protagonistas. Ver cómo batallan los equipos, los esfuerzos sobrehumanos que se viven en las etapas de ascenso en Los Alpes y los frenéticos sprints en los metros finales son suficiente dosis de adrenalina para iniciar un romance.

La presente versión tuvo todo eso y dos figuras centrales: el británico Christopher Froome y el colombiano Nairo Quintana. El primero se llevó la gloria, al adueñarse del maillot amarillo, el símbolo del campeón. “Esto es más grande que la felicidad”, afirmó tras cruzar la meta en los Campos Eliseos.

Christopher Froome

Froome fue el campeón del Tour. (Vía TaImages/ CC BY 2.0)

Párrafo aparte para Quintana, quien se convirtió en el mejor latino en la historia del certamen. El colombiano fue el mejor ciclista joven, fue el número uno de la competencia en la montaña y en la general finalizó en el segundo puesto, a menos de cinco minutos de Froome.

Su vida fue un desafío a la muerte, desde el mismo momento en que nació. Según las leyendas de pueblo, Nairo tenía el mal del difunto. Su madre,  supuestamente, habría tenido contacto con alguien a punto de morir, mientras estaba embarazada. Eso se tradujo en que el pequeño niño sangrara constantemente y tuviera una interminable diarrea. Los doctores no le daban tres meses de vida. Desesperada, la familia acudió a curanderos locales y Quintana se sobrepuso, creció bajito -167 centímetros- y a los 16 años le regalaron una bicicleta para ir al colegio. Ahí, en Tunja, a 2.200 metros de altura, empezó a forjar su destino.

Compitió en equipos locales hasta que lo miraron de España y se lo llevaron a Europa. “Es un día increíble”, dijo tras subirse al podio y hacerle honor a su apodo: “La perla de Boyacá”.

El ciclismo colombiano tiene vida en él.