Hace 10 meses vivo en Boston, Estados Unidos, y una de las cosas a la cual aún no me adapto del todo es el deporte. Me gusta el fútbol, pero aquí lo inflan a tal punto que lo llaman soccer. No existe. El desprecio hace que se intensifique la nostalgia por el olor a pasto, las puteadas desde la galería y las tristezas y alegrías de ver a tu equipo desplegado por la ilusión de una copa.

Internet (con conexiones medio truchas) ayuda a reducir los 8.430 kilómetros de distancia que hoy nos separan, pero aún falta el elemento estadio.

En la búsqueda de un sucedáneo, algo para amenizar (nunca una traición), los New England Revolutions no ayudan mucho, dan pena y obligan a explorar otras áreas. ¿Hockey? Los Bruins son bastante buenos, pero algo no me seduce. ¿Fútbol americano? Pese a que perdieron, los Patriots son demasiado perfectos (Tom Brady está casado con Giselle Bündchen, para empezar). ¿Qué tal el béisbol? Por ahí, quizás. Hace tres años vi un Red Sox-Yankees en Fenway Park y en la séptima entrada estaba cantando “Sweet Caroline” (algo que repetiría en mi matrimonio). El cariño se extendió en octubre de 2013, cuando los Red Sox ganaron las Series Mundiales y vi su celebración en las calles, en un año especial después del ataque explosivo que sufrió la ciudad.

Pero la temporada terminó y el vacío volvió. Hasta que alguien dio la llave a un nuevo mundo: la NBA.

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Las entradas al clásico

Sé lo que es la NBA y siempre he puesto un ojo en ellas desde las míticas transmisiones que hacía Canal 11, RTU. En los 90 fueron los Bulls, porque era como simpatizar con el Barcelona de Guardiola y Messi. Pero desde que mis lazos están en Boston, hace cinco años, los Celtics capturaron parte de mi atención, acechando silenciosamente. ¿El ataque final? La semana pasada, gracias a dos entradas de regalo para un Celtics vs. Lakers, que es básicamente un Colo Colo-U de Chile, un River-Boca, un Madrid-Barcelona.

La temporada 2013-2014 es pésima para las dos franquicias, no había Kobe Bryant (lesión), pero al menos se anunciaba el regreso de Rajon Rondo, estrella de Boston.

La idea, obviamente, era vivir la experiencia completa, por lo que antes de ir al TD Garden, di una vuelta por los bares que están alrededor del estadio. Ahí me empapé de espíritu, probé el combo de ocasión para el estómago (hamburguesa + cerveza) y me pregunté en vano por qué en Chile es imposible que un restorán o un bar estén abiertos -vendiendo alcohol- minutos antes de un partido, de un clásico.

Con los signos de interrogación en la cabeza caminé a la entrada del TD Garden, junto a hinchas de los Celtics y varios fanáticos de los Lakers, quienes no recibieron insultos, ni piedras, ni escupos, ni punzazos. Varios, incluso, se sentaron en medio de camisetas verdes y blancas (los colores de los Celtics), sin miedo a ser atacados por algún descerebrado. La hostilidad al rival solo se canalizaba y expresaba hacia la cancha, principalmente, apuntando al español Pau Gasol, el mejor de los Lakers. En teoría.

Un puente entre el himno nacional (que se escucha en todos los partidos) y “Welcome to the jungle” llevó el balón al aire, indicando el inicio del juego. Al igual que en el fútbol, la perspectiva es otra en cancha. Hay otra dimensión en la dinámica del movimiento y más información. Los gringos están locos con los datos y estadísticas, y reflejo de eso es la pantalla gigante en el medio del estadio, que muestra puntos, asistencias, rebotes y faltas de cada uno de los jugadores, permitiendo saber inmediatamente cuál es el jugador que la rompe y cuál es el queso, con hechos y no solamente impresiones.

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El marcador podría haberse quedado así.

Una cosa que se agradece es no ver los interminables comerciales de TV, durante los tiempos fuera. En el estadio hay publicidad, pero también otros estímulos que reducen de manera relativa la espera: más comida, más alcohol, cheerleaders, cuerpos de baile de chiquillas grandes y también de niñas ultramaquilladas (lo que fue un poco incómodo, para ser sincero). También hay acróbatas, concursos e incluso el público se vuelve espectáculo, al aparecer en la pantalla gigante, tratando de convertirse en el mejor fanático del día.

El tiempo se va rápido hasta que llega el último cuarto, con un marcador apretado  y la epifanía de ser uno más, gritando “Let’s go Celtics” o “De-fense”. Rondo aún se nota fuera de forma, aplaudo al novato Olynyk por su mejor partido de la temporada, estoy aburrido de Green fallando tiros y me veo haciendo “¡buuuu!” a los árbitros por un robo a 16 segundos del final.

Ya es tarde, no hay vuelta atrás. Una noche es suficiente, pese a la derrota.

Le digo a mi esposa. “Encontré a mi equipo”. Ella me mira y sonríe.