222 millones de euros.

Por mucho que sea una inversión rentable desde lo económico, el monto pagado por el PSG al Barcelona para fichar a Neymar Jr. es a todas luces repugnante e indecente, el signo que marca la muerte del fútbol como lo conocíamos, arrodillado frente al capitalismo sin alma, donde los equipos no son clubes, sino que marcas globales. Como la Coca-Cola.

Neymar podrá decir que su motivación no es el dinero, que hay retos deportivos detrás de su decisión, no estar bajo la sombra de Lionel Messi. Y, obviamente, hay que creerle un poco: el tipo tiene orgullo y hambre de historia. Sin embargo, es ingenuo pensar que todo es amateurismo. Que su contrato incluya participación en las ganancias de empresas pertenecientes a los jeques árabes dueños del PSG es una prueba que habla por sí misma.

Pero más allá del debate moral, en las calles de París se celebra la llegada del jugador brasileño con alegría desbordada. Poco importa el precio pagado.

“Estoy muy feliz por este reto, por venir al PSG, que es un gran club, además de estar en una ciudad maravillosa. Me faltan palabras para describir lo que siento en mi corazón. He venido por la ambición que tiene este club, que se parece a la mía. Quiero buscar algo más grande, nuevos retos. Creo que el PSG tiene potencial para ser el mejor equipo del mundo. Mi corazón me pedía venir, quiero hacer historia.

Otra vez: son 222 millones de euros (un cuarto de millones de dólares). Costó más que los traspasos de Paul Pogba (105 M) y Gareth Bale (101 M), los jugadores más caros antes de esta transacción.

Realmente, el fútbol es una burbuja.