Bryan Cranston es un actor capaz de todo. Lo demostró siendo el ridículo y casi masoquista padre de “Malcolm in the middle”, por ejemplo. Sin embargo, el hombrón superó todo límite y frontera al dar vida a Walter White, el atribulado profesor de química que se convierte en el emperador de la metanfetamina en “Breaking Bad”.

White, luego de ser diagnosticado con cáncer de pulmón y no tener los recursos para enfrentarlo, muta desde un ser humano común, mal pagado, a un tipo que comienza a ser carcomido por la maldad. En esa escalada compromete a su familia y a un antiguo alumno, la sufrida alma de Jesse Pinkman, hasta niveles que no parecían tocar el cielo.

El punto de inflexión: “Ozymandias”. El antepenúltimo capítulo de la serie y en la que White se convierte en una especie de fantasma vengador, de un ser que camina por el patíbulo tratando de arreglar algo de lo malo que hizo y cuyo clímax, por cierto, llegó en el “season finale”, bautizado como “Felina”.

En la despedida del show, Walter White reconoce las razones de por qué hizo todo, ata los nudos y busca, de alguna manera, de sepultar su legado. Son 75 minutos que se desenvuelven entre una extraña serenidad y un desenlace al ritmo de metralla, el cual finalmente converge en los acordes de la canción “Baby Blue” de Badfinger, cuya primera línea dice: “Guess I got what I deserve” (Supongo que recibí lo que merecía).

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