Cada día, al levantarse, James Gandolfini se miraba al espejo. Al frente veía a un tipo de Nueva Jersey, de mediana edad, de nombre James Gandolfini. Lógico. Sin embargo, cuando James Gandolfini salía a la calle, la gente lo apuntaba y decía: “Es Tony Soprano”. Nadie lo estaba confundiendo. James Gandolfini era también Tony Soprano, un inescrupuloso y atormentado capo de la mafia. Pero separemos aguas. James Gandolfini era una persona real, un actor. Tony Soprano, en tanto, es el personaje principal que interpretaba para la serie dramática de HBO, “The Sopranos”. Pese a la distinción, desde que encarnó el papel, James Gandolfini fue Tony Soprano para siempre. Incluso ahora, cuando un ataque al corazón lo sacó del camino de los vivos, con apenas 51 años de vida.

¿Qué hace a Gandolfini tan especial? Durante los 70 y los 80, Al Pacino dio una dimensión humana a los capos de la mafia, en el cine. Lo hizo como Michael Corleone en “El Padrino”, como Tony Montana en “Scarface” y como Carlito Brigante en “Carlito’s Way”. Todos atormentados por sus tareas, pero siempre desde la perspectiva del trabajo criminal. Tony Soprano fue un paso más allá. Tony Soprano estaba en la tele, un medio mucho más masivo que el cine y durante seis temporadas. Tony Soprano, además, debía lidiar con la cotidianidad: peleas con su esposa (a la que amaba y engañaba) en la cocina de su casa, la reprobación de su madre (“¿Qué maldito tipo de ser humano soy, si mi propia madre me quiere muerto?”), pesadillas e insomnio en las noches y recurrentes crisis de pánico. Tony Soprano iba al siquiatra.

Gandolfini le dio capas y profundidad al personaje. Tony Soprano no temblaba a la hora de mandar a sus enemigos a dormir con los peces, tenía también locura y la creatividad necesaria para redestinar una corchetera como un arma blanca. Pero Soprano también tenía las preocupaciones de un hombre moderno, las mismas que tiene su vecino. Eso lo convertía, paradójicamente, en un antihéroe, con cual uno podía empatizar fácilmente, sentir cariño e incluso lástima. El resumen de todo eso se da en el capítulo final de la serie, cuando sale a cenar con su esposa e hijos, en un restorán que está lleno de enemigos.

“Con todo respeto, usted no tiene ni una maldita idea de lo que es ser el Número Uno. Cada decisión que haces afecta cada faceta de las otras malditas cosas. Es demasiado tratar con casi todo. Y al final estás completamente solo con eso”, es una de las frases más citadas de Tony. Siempre estaba al borde y no descarrilaba más de lo que estaba, gracias al Prozac.

En la vida real, dicen, Gandolfini era un tipo afable, de saludo efusivo con cualquiera que lo conociera. No le gustaba la prensa. “Soy actor, hago un trabajo y voy a casa. ¿Por qué están interesados en mí. Usted no le pregunta a un chofer de camión cómo fue su trabajo”, le dijo alguna vez a un reportero. Ni tampoco estuvo muy seguro de que el fuera la persona apropiada para ser Tony Soprano. “Pensé que era un hermoso guión. Pensé, yo puedo hacer esto. Pero pensé que ellos contrataría a alguien más esbelto, como diríamos. Algo más llamativo para el ojo”. Pero ahí estuvo, ayudando a configurar la era dorada que hoy vive la TV.

El show, obviamente, subió sus bonos, pero no lo suficiente como para desmarcarse de Tony. Gandolfini hizo grandes papeles en el cine (“In the loop”, “Zero dark thirty” y “Killling me softly, por nombrar algunos), pero nunca fue el principal. Hollywood no lo aprovechó. Hollywood fue incapaz de desencasillarlo. Él tampoco pudo.

James Gandolfini vivió y murió para ser Tony Soprano.