Hasta antes de 1988, Bruce Willis parecía destinado a convertirse en un niño bonito de Hollywood. Hacía comerciales de jeans para Levi’s (es el de chaqueta amarilla), era la estrella de la serie de TV “Moonlighting”, empezaba a ser papeles en películas románticas como “Blind Date”, junto a Kim Basinger, y acababa de casarse con Demi Moore. Sin embargo, ese año su carrera dio un giro completo. Una oferta de cinco millones de dólares lo puso al frente de una cinta de acción. Era toda una apuesta, pero Willis se apoderó del papel, lo transformó en una franquicia a la cual aún se le exprime zumo y, además, propuso un nuevo paradigma de héroe, distinto al que predominaba en la década, ese lleno de músculo (y probablemente de esteroides) y encarnado por tipos como Sylvester Stallone, Arnold Schwarzenegger o Jean Claude van Damme.

Bruce Willis se volvió sinónimo dell detective John McClane, en “Duro de matar” (“Die Hard”)

El film cumplió este lunes 25 años desde su estreno y repasar su legado, unido a la figura de Willis, es esencial.

Dirigida por John McTiernan, la película se basa en el libro “Never Lasts Forever” de Roderick Thorp. No obstante, la historia dio una larga vuelta antes de ser “Die Hard”. En 1975, Thorp no podía concentrarse en sus labores literarias y decidió tomar una pausa e ir al cine para despejarse. Eligió “The Towering Inferno” y quedó fascinado. Al regresar y en medio de un sueño, elaboró una especie de continuación de lo que había visto en pantalla. La novela fue un éxito, se pensó en hacer una cinta con Frank Sinatra como protagonista, pero este desistió. Luego se readaptó para que fuera una continuación de “Commando”, sin embargo, Schwarzenegger también le bajó el pulgar.

El guión fue ofrecido a Harrison Ford, Don Johnson y Richard Gere y la respuesta seguía siendo siempre la misma: “No”. En la desesperada, Fox jugó todas sus fichas con Willis, sin saber el golazo que hacía. La mezcla actor-historia se acopló como una mágica alineación planetaria.

En la película, John McClane es un detective de NY que vive separado de su esposa, quien trabaja en California. Para pasar Navidad junto a la hija que tienen en común, el policía debe viajar abordo de un avión, una de las cosas que más miedo le da en la vida. Luego de atravesar Estados Unidos de costa a costa, se encuentra con que debe acompañar a su mujer a la fiesta de su empresa. Y ahí, en la rutina, mientras los problemas maritales van ebulliendo, aparece un grupo de terroristas de Alemania Oriental, liderados por Hans Gruber (Alan Ricker), que amenaza con volar el edificio donde se realiza la celebración.

McClane se las arregla para escapar e iniciar una frenética aventura para liberar a los rehenes (incluida su esposa), pero siempre desde una extraña dualidad. El terrorismo versus lo cotidiano del matrimonio, la tensión versus el humor. Ambas dimensiones, además de su físico, lo alejan del estereotipo de película rellena con bíceps y pectorales. Bruce Willis es un héroe de acción con una figura humana un poco más cercana al promedio de cualquier hombre y con problemas domésticos bastante similares. Y quizás ahí reside el secreto del éxito inmediato que tuvo la cinta, tanto dentro como fuera de Estados Unidos.

Hoy, las productoras siguen estirando el chicle, con el estreno de la quinta cinta de la saga: “A Good Day To Die Hard”. La calidad no es la misma y Bruce Willis está más viejo, más pelado, con más carrete y sin Demi Moore. Pero la premisa se mantiene: John McClane es duro de matar.