El director de cine Neill Blomkamp nació y creció en la Sudáfrica del apartheid, la repugnante política que tenía dividido al país de acuerdo al color de piel de sus habitantes. La realidad social caló fuerte en su cerebro y eso se ve reflejado a lo largo de su obra fílmica. A través de langostas mutantes en la vibrante “Distrito 9” y ahora como tema central de “Elysium”, donde las diferencias son de clase.

Es el año 2154 y la Tierra vive bajo el manto de crímenes, enfermedades, caos y represión a cargo de policías-robots. Una nueva aproximación al apocalipsis, pero que solo viven y experimentan la mano de obra, los pobres. Los ricos, las élites, en tanto, están alejadas de la chusma, en una estación-burbuja fuera del planeta. La llaman Elysium. Ahí todo fluye en paz, respiran elegancia y la ciencia está al servicio de la gente (el cáncer se trata en una especie de electrodoméstico que todas las casas tienen). No hay revueltas, ni resentimiento social.

La alegoría es exquisita y pinta un retrato muy bien logrado de las desigualdades que hoy enfrenta el mundo y que han sido expresadas por diversos movimientos de indignados. Se agregan además algunos estereotipos nefastos como el uso del lenguaje español para los pobres (¿latinos inmigrantes?) y de un sofisticado francés para quienes teóricamente son la crema de la sociedad. En esa cuerda, el film incluso alcanza a tocar la oreja de quienes, en la vida real, defienden el statu quo marcado por la cuna. NewsMax dice que es “socialismo de ciencia ficción” y “propaganda política”, mientras que Variety afirma: “es una de las agendas de políticas socialistas más abierta en la memoria de las películas de Hollywood, golpeando los tambores fuertemente no solo en seguros de salud, sino que también en fronteras libres, amnistía incondicional y la abolición de las clases sociales”.

“Elysium” -aunque director y actores lo niegan- se arma bajo un discurso que fácilmente podría asociarse a “Occupy Wall Street”, pero ahí, en la puerta de algo más allá y trascendente, deja todo botado para enfocarse en un objetivo mucho más banal: que Matt Damon también puede ser un héroe de acción. Max, su papel, es un ex ladrón de autos que reside en la Tierra y que contrae una enfermedad mortal. Su única salvación es viajar a Elysium, pero los pobres terrícolas que intentan saltar las clases sociales y llegar a esa burbuja son castigados con la muerte. En su camino se encuentra con un amor infantil, termina con un chip que lo convierte en mitad máquina y debe enfrentarse a una tal Delacourt (Jodie Foster), ministra de Defensa de Elysium.

Hay peleas de robot, amoríos, una clara separación del bien y el mal, y un montón de clichés extra que suprimen la idea de colectivo por el manido discurso del esfuerzo personal. El uso de violencia, además, es excesivo.

“Elysium” costó más de 100 millones de dólares y es el último gran estreno -o blockbuster- veraniego de Sony en el hemisferio norte. También es su última esperanza, luego de los dolorosos fracasos de “After Earth” con Will Smith  y su hijo, y “White House Down”, protagonizada por Channing Tatum y Jamie Foxx.¿Alcanzará para sacar números azules?

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