Películas como “Some Like It Hot” (1959), de alguna desafortunada manera, fueron generando un estereotipo injusto hacia Marilyn Monroe, el de ser una “rubia tonta”. El cliché, nefasto por donde se le mire, luego fue traspasado como la peste a cualquier mujer que tuviera cabellos de oro y que gozara de buena apariencia física.

Mal, mal, mal.

Sin embargo, bajo esta construcción errónea, se ocultaba todo lo contrario. Marilyn Monroe era una mujer vivaz, inteligente y con una infinita hambre de aprender. Y en tiempos sin Google, la única forma era a través de los libros.

Marilyn

Monroe, además de sus guiones y clásicos del teatro, tenía el ansia de cultivar sus conocimientos en un amplio rango de categorías: literatura, estilo de vida, música, ciencias físicas y humanas. De todo. Para ello invertía horas de lectura.

Después de morir, en 1962, uno de los grandes descubrimientos de su vida íntima fue su biblioteca personal, la cual tenía títulos como:

  • “Ulises” de James Joyce
  • “Crimen y Castigo” de Fedor Dostoievsky
  • “El Hombre Invisible” de Ralh Ellison
  • “El Arte de Amar” de Erich Fromm
  • “Adiós a las Armas” de Ernest Heminghay
  • “La Naturaleza de las Cosas” de Lucrecio
  • “La Filosofía” de Platón
  • “Madame Bovary” Gustave Flaubert
  • “Rojo y Negro” de Stendhal
  • “El Capital”, Karl Marx

Nada escapaba de su ávido apetito lector. Ni textos científicos de Bertrand Russell o Albert Einstein, ni la poesía de Walt Whitman. En total, más de 400 títulos.

(Puedes ver la lista completa en este link)

Sus libros no eran pose, sino que el reflejo de un alma inquieta y que encontraba refugio a sus tormentos, en las páginas de una buena novela.

Respeto eterno a Norma Jeane.