Hace 30 años, un 13 de diciembre de 1984, salió a la venta “La voz de los ’80”. Eran solo 1.000 copias de un cassette hecho con mucho esfuerzo, grabado con recursos limitados por un grupo de flacos de San Miguel que apenas llegaban a los 20 años.

Jorge, Claudio, Miguel.

Con sus jeans gastados y con basta, sus chalecos “escote en V” y aquellas North Star blancas con líneas turquesa, se pasearon por escenarios pequeños, con público ingrato que les pedía que tocaran “una de Led Zeppelin” o con organizadores que les querían hacer pagar entrada porque los confundían con parte de los asistentes. Iban de la mano de un manager que vio en ellos algo que ni sus amigos ni vecinos lograban percibir.

Escuchar esas diez canciones aún es algo evocador. Son temas que suenan al Santiago de la dictadura, aquella ciudad medio-militarizada que vivía siempre en una “tensa calma”. Suenan a el Llano Subercaseaux, con su Gelatería Barufinos, el epicentro de las fiestas de colegio en esos días. Suenan a el paradero 12 de la Gran Avenida, a la fábrica de fideos Parma de Departamental o a Foamtex, la industria de espuma plástica que se quemó un año nuevo. Suenan a los blocks de la población San Miguel, al Liceo 6 y al Miguel León Prado.

Huelen al “dulce perfume del amanecer”, ese aroma a vainilla que regalaba involuntariamente a San Miguel la fábrica Fruna todas las mañanas. Huelen a la colonia de la vecina linda. A las legumbres cociéndose en la olla mientras Pablo Aguilera presentaba alguna canción de Camilo Sesto.

A 30 años de la llegada de uno de los discos fundamentales en el rock chileno contemporáneo, recorrimos Santiago en busca de esos lugares clave que sirvieron de marco, de telón de fondo o que directamente inspiraron los 21,06 minutos del lado A y los 20,6 del lado B de “La voz de los ’80”. Música que, de tan local, suena demasiado internacional. Peor aún: demasiado actual.

 


El Santiago de “La voz de los ’80”