Es imposible que dejemos pasar la muerte de Juan Gabriel.

Más allá de que no escuchemos su música, más allá de que sus actuaciones en Viña del Mar se convirtieran en un show repetido, no podemos tapar el sol con un dedo: el Divo de Juárez es uno de los más grandes compositores en la historia de la música mexicana y latinoamericana. Su portafolio cuenta con más de 1.500 creaciones, muchas de ellas himnos de todo el continente.

“Querida”, “El noa noa”, “Se me olvidó otra vez”, “Pero qué necesidad” y “Hasta que te conocí” son parte de los éxitos tatuados en la neuronas de Latinoamérica, de esa Latinoamérica que batalla día a día por convivir con sus problemas económicos y también sus dolores amorosos. Un reflejo que es también el de su propia vida. Juan Gabriel, nacido como Alberto Aguilera Vadalez, tuvo una infancia dura, en hogares de cuidado, en la calle y hasta con algunas visitas a los calabozos. Ni hablar de su secreta vida privada.

Pero en algún momento, todas esas desgracias, esas soledades se convirtieron en voz y letras que conquistaron las radios en español. Cada canción era un dardo que se clavaba principalmente en fanáticas que rápidamente le expresaron su devoción y quienes devolvieron el favor de sentirse interpretadas evangelizando, dando a conocer su palabra en sus propias casas. No son pocos quienes tuvimos a Juan Gabriel como la banda sonora de nuestras infancias, merced a los gustos musicales de nuestras madres.

De esos varios negaron por años su influjo, varios le dieron la vuelta la espalda por ser de otra generación, por  su estética kitsch, por ser un liricista cursi y cebollero, pero que hoy, cuando recuerdan esos mismos años de infancia, encuentran en Juan Gabriel un elemento que gatilla la nostalgia. Su muerte, por cierto, ha sido un gran golpe para todos ellos.

Su muerte ha sido un gran golpe para toda Latinoamérica.