En la historia de la música latinoamericana solo ha existido un hombre capaz de mover la cintura y generar desmayos y estruendosos chirridos femeninos desde México hasta la frontera austral de Chile y Argentina.

Se llamaba Roberto Sánchez y su arma era una voz profunda y temblorosa con la que seduce aún después de su muerte. Roberto Sánchez no era otro más que Sandro, el Gitano, quien hoy habría cumplido 69 años.

Gran parte de su éxito está anclado a baladas desgarradoras como “Por ese palpitar” o “Rosa, Rosa”, que le valieron ser el primer artista latino en presentarse en el Madison Square Garden de Nueva York. El efecto que causaba entre las chicas, además, abrió las posibilidades de su carrera hacia el cine, donde protagonizó 13 películas en las que básicamente hacía lo mismo que en la vida real: conquistar mujeres lindas y romper corazones.

Pero Sandro fue mucho más que el objeto de deseo de sus calcetineras o sus nenas. A menudo suele olvidarse que Sandro es uno de los padres fundadores del rock en Argentina y en toda Latinoamérica. Su mote de “Elvis criollo” va más allá de sus movimientos pélvicos, sus profusas patillas o las chaquetas de cuero con camisa abierta y pelo en pecho que solía mostrar en su adolescencia.

Sandro y Los de Fuego

Sandro dejó el colegio con 13 años para trabajar y ayudar a sus padres. En los tiempos libres conoció la magia de la guitarra. Con amigos tocaba tangos y boleros, hasta que un día vino el rock. A los 15 formó la banda Los Caniches de Oklahoma con los que grabó uno de los primeros demos del rock argentino: “Comiendo rosquitas calientes en el Puente Alsina”, una canción de la cual no hay mucho registro en internet.

Un año después la banda cambió de nombre a Los de Fuego. Sandro era la primera guitarra y la segunda voz, pero al poco andar, se convirtió en el frontman. Su desplante y sus interpretaciones en español de Bill Haley, Elvis Presley, The Beatles y The Rolling Stones comenzaron a llamar la atención de las disqueras. Su magnetismo era incontrolable y el negocio se centró en torno a su figura. Era el momento de dar el salto y lo haría como solista.

“Yo me nutrí con el rock. Gracias al rock dejé las calles, las navajas y las cadenas, y agarré una guitarra. Dejé la campera de cuero y las pandillas. El rock me salvó. Me salvó de que fuera quizás un delincuente”

Sandro

Colgar la chaqueta de cuero y los riffs, sin embargo, no acabaron con su espíritu rockero. Sandro mantuvo sus patillas y sus movimientos de cadera, pero más importante aún, fue su aporte a la escena tras bambalinas. A mediados de los sesenta, se volvió un número regular y aportó con dinero para el funcionamiento de “La Cueva”, mítico bar bonaerense que es señalado como la cuna del rock de ese país. Toda la bohemia de la ciudad fungía en el lugar, entre ellos Litto Nebbia, autor de “La Balsa”, primer himno rockero argentino, y Miguel Abuelo, fundador de Los Abuelos de la Nada.

Con el tiempo -dictadura incluida-, el aporte de Sandro al rock se fue nublando. Sin embargo, a fines de los años 80 y principios de los 90, su figura nuevamente comenzó a brillar. Pedro Aznar y Charly García lo invitaron para interpretar una monumental versión de “Rompan Todo” de la banda uruguaya Los Shakers, y a fines de la década, grupos como Ataque 77, Aterciopelados, Divididos, Bersuit Vergarabat y Molotov grabaron el disco “Tributo a Sandro” en honor a toda su trayectoria como rockstar.

A la hora de su muerte, el 4 de enero de 2010, Sandro ya era una leyenda, la primera gran leyenda del rock latino.