No debe haber sido fácil quedarse sentado frente a la pantalla de cine durante los primeros minutos de la película “Magnum Force” (1973), segunda entrega de la serie protagonizada por el incomparable inspector Harry Callahan, más conocido como Harry el Sucio.

El filme se abría con la imagen de una mano que sostenía un monstruoso revólver con cañón de seis pulgadas. Sobre un fondo musical funky-jazzístico aportado por el genial Lalo Schiffrin, el pistolero anónimo resistía en esa posición, con el arma en alto y casi sin temblar, durante toda la secuencia de créditos iniciales. Finalmente, el brazo sin cuerpo visible hacía un giro bastante forzado para apuntar el armatoste directo hacia la cara del respetable público.

“Esta es una Magnum 44, el arma más poderosa del mundo, capaz de volarte limpiamente los sesos. ¿Te sientes…con suerte?”, decía una voz en off que, con sólo prestar un poco de atención, se reconocía de inmediato como la del mismísimo Clint Eastwood, único actor capaz de interpretar al mañoso Harry.

“Ni cagando va a disparar”, pensaba el espectador, algo nervioso, justo una fracción de segundo antes de que el estruendo de la detonación (acompañado por un buen poco de humo de pólvora) anunciara que el pistolero anónimo acababa de ejecutar con un solo tiro a todos los ciudadanos presentes en la sala.

Ted Post, el director del filme, se encargó de que el resto del metraje estuviera a la altura de ese explosivo comienzo. El realizador, quien murió esta semana, a los 95 años de edad, consiguió que el largometraje fuera una merecida recompensa para todos los espectadores que, después de ser “baleados”, permanecían en sus asientos agradeciendo que el asunto sólo fuera de mentiritas.

La trama de la cinta es más o menos conocida: Harry debe enfrentarse a un grupo de policías jóvenes que han formado un escuadrón de la muerte. Pese a que los muchachos, en un comienzo, le parecen de lo más simpáticos, talentosos y entusiastas (entre ellos estaban futuras estrellas televisivas como Robert Urich, David Soul y Tim Matheson), el bueno de Callahan termina dándose cuenta de que salir a matar criminales no es la mejor solución para acabar con el delito. Además, ese placer le corresponde sólo a él. Por algo es el protagonista de la película.

Sangre detrás de cámara

Sólo por su trabajo en “Magnum Force”, Ted Post podría haber salido catapultado hacia las más soleadas cumbres del cine de acción policial. No importa que el argumento de la cinta sea más bien tosco: el artesano logra darle ritmo y nervio al asunto desde las primeras escenas, donde Harry soluciona a su manera (y en tiempo récord) una crisis relacionada con el secuestro de un avión hasta la crispante persecución final, en la que Callahan empieza siendo la presa para terminar convertido en un cazador bastante sádico.

Los inicios prometedores, sin embargo, a veces son sólo eso. Post ya había trabajado con Eastwood en otro filme memorable (“Hang ‘Em High”, de 1968), así como en algunos capítulos de la serie televisiva “Rawhide”, de manera que no era ningún principiante, pero “Magnum Force” podría haber significado, quizás, su consagración como cineasta de alto perfil. En vez de eso, el punto más alto de su producción posterior fue el episodio piloto de la serie policial “Cagney y Lacey”. Su última obra para la pantalla grande, en tanto, fue “4 Faces”, una cinta de bajo presupuesto rodada en 1999.

El espléndido resultado que se vio en pantalla con “Magnum Force” no reflejó una historia mucho más sangrienta que se desarrolló detrás de las cámaras: Post y Eastwood se pelearon a muerte por el control creativo del largometraje, y de hecho Post llegó a decir que su carrera se fue a las pailas por culpa de Eastwood. El futuro director de “Los imperdonables” ya se las daba de cineasta (un par de años antes había debutado como realizador con “Play Misty for Me”) y, al parecer, no estaba para que lo trataran como a un simple actor, así que dio a entender a todo el mundo que él era, en gran parte, el responsable de la alta calidad del filme.

“Un hombre debe conocer sus limitaciones”, murmuraba el inspector Callahan hacia el final de “Magnum Force”, mientras observaba la explosión que acababa de matar al último de sus enemigos. Esa reflexión, ahora, cobra inquietantes resonancias a la luz del conflicto entre estos dos ex amigos y ex colaboradores que terminaron convertidos en su propio escuadrón de la muerte.

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