La primera vez que vi “Tiburón” (Jaws, 1975) tenía 10 años. Fue en un viejo cine de San Pablo, entre Villasana y Coronel Robles, en la magnífica comuna de Quinta Normal. A esa edad uno se impresiona fácilmente y las mandíbulas del escualo quedaron impresas en mi corteza cerebral por varias semanas.

Ya menos joven, vi “Tiburón” dos o tres veces, para darme cuenta que Bruce, el tiburón mecánico usado en la película era más falso que promesa de político, lo que me causó cierta gracia. Sobre todo en la escena en que la bestia devora a Quint (Robert Shaw): el tiburón es más lento que Internet Explorer, pero el manejo de cámaras -primeros planos, sobre todo- hitchcoquianos de Steven Spielberg, al menos lo salva de un doloroso ridículo.

Todo este recuerdo no es gratuito. El 20 de junio se cumplen 40 años del estreno de la película, una obra que cambió la manera de hacer cine.

Tiburón aparece en las salas justo cuando comienza el peak de los slasher films (Martes 13, Pesadilla, Halloween), pero a diferencia de todas esas, el villano no es un ser humano, sino que un animal, en un ambiente al aire libre. Su estructura -insistimos, tomada de Hitchcock- se teje lentamente, porque de eso se trata el suspenso. Poco a poco, sin exhibir todo su poder hasta casi el final de la cinta.

La idea de la amenaza en un ambiente natural, ciertamente, es novedosa para la época. Sin embargo, lo realmente revolucionario de la cinta es el márketing asociado: Tiburón es la primera película diseñada para ser estrenada en el verano boreal con el objetivo de convertirse en un blockbuster. Antes de su estreno fue una de las primeras películas en ser promocionada en la TV y en el día de su debut estaba disponible en 409 salas de cine: de inmediato fue un golazo.

En apenas tres semanas, Tiburón recuperó el dinero que costó la producción y se olvidaron fácilmente los problemas de filmación en el agua y con el poco talentoso de Bruce.

De yapa, la película construyó uno de los miedos más irracionales contra una criatura: ser devorado, mientras nadamos en la playa, por un hermoso y bestial tiburón blanco.