Voy a recordarte así: sentada en las mesas donde almorzaban los deportistas del high school, con tus ojos claros, labios delgados, nariz respingada y tu pelo rubio ondulado.

Voy a recordarte lejana, a veces distante, diciéndole Donald a Ronald, vestida con tu fachada y disfraz de la-chica-más-popular-de-la-escuela que escondía a sus amigos un lado sensible, que ocultaba aquellos poemas en su pieza.

Voy a recordarte viva y feliz conduciendo el cabriolet blanco donde un día observaste las estrellas. Voy a recordarte musa absoluta y sin competencia de los ’80.

Cindy (o debería decir Amanda): me diste esperanzas en mi tierna adolescencia, me hiciste creer de que tipos como yo podían aspirar a chicas como tu. Bueno, algo así. Porque cuando por fin bajaste la guardia, cuando por fin te fijaste en el nerd de la escuela, pensé que otro mundo era posible. Es cierto, lo hacías en una película (“Can’t buy me love” – 1987) y con la versión más deslavada de Patrick Dempsey. Uno podía pensar que si él podía, uno también podía, pero claro… El tiempo pasó, el maldito Patrick Dempsey creció y se volvió “mino” y entonces nos quedó claro que había un abismo de diferencia entre él y nosotros.

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Cayeron los muros, cayeron los bloques, cayó la inocencia.

Lo que jamás cayó fue mi amor por ti. Está bien, eras inalcanzable. Eras un 10 y yo un 6 (aunque mis amigos piensan que soy un 4.5, pero qué saben mis amigos). A nadie pueden culparlo por tener un amor platónico, aunque sea uno de la pantalla grande. Pero ahora empiezo a entender por qué he construido tantos de esos amores inalcanzables en mi vida.

Es la necesidad de verlas perfectas, Cindy. Pero no esa perfección de la mujer depilada que se levanta peinada y maquillada de la cama. No la perfección de la nariz respingona (natural o a la fuerza), el pelo rubio y el cuerpo perfecto. Me refiero a la perfección de la mina cómplice, la que te sabe abrazar cuando necesitas un abrazo, la que tiene carácter y te manda a la chucha cuando te lo mereces, la que está peleando codo a codo por que las cosas salgan, la que es capaz de disfrutar el triunfo que han logrado criando a los cabros chicos. Pero a veces, la gran mayoría de las veces, suele ser mejor soñar que intentar y así me he pasado la vida idealizando chicas que, quizás, serían una relación de debut y despedida.

La vida es injusta, Cindy. Nadie debería morir a los 43 años. Bueno, tampoco debería existir la pobreza, el abandono de los adultos mayores, el abuso sexual y una larga lista de cosas que hacen que como humanidad estemos siempre al borde del llanto. Pero poniendo las cosas en perspectiva: nadie tendría que morir a poco de haber llegado a los 40. Mucho menos fallecer sola, encerrada en una casa en Greely, Colorado, después de gozar (o padecer) de tanta popularidad y desde tan joven.

Cuesta entender que después de dos matrimonios y algunos hijos debas dejar esta vida sola, sin nadie que te tome la mano cuando llegue la muerte. La vida así es un fracaso, parece. Pero no importa. Yo me encargaré, como ya lo he hecho antes y como sigo haciendo, de meterte en un sarcófago de recuerdos e imaginarte así, perfecta, hermosa, digna de admiración. Sensible, cercana, amable. Perfecta.

Y esta película será el lugar ideal para guardarte por siempre:

Sobre El Autor

Periodista, romántico empedernido, sufridor confeso. Su vida es una película, una comedia romántica con toques dramáticos, pero comedia al fin y al cabo. Cree en Dios para los partidos de la Selección o cuando no puede olvidar a una fémina. Ama el tango y el Glam-Rock, pero no odia el reggaetón. No le gusta como sale en las fotos.