Aquí todos estamos sobre los 30. Incluso hay algunos con 40, pero ya hablaremos de esos. Hoy nos importan los 30, los 30 años por cierto. Una edad asociada con madurez, estabilidad y, en algunos casos -los mínimos-, dosis de sabiduría derivada de la experiencia.

Sin embargo, llegar a los 30 no es para ir a celebrar a Plaza Italia. Tiene sus bemoles, sus grises. La juventud comienza a decir adiós, en un proceso más triste que canción de Radiohead, a uno le empiezan a decir “señor” más a menudo y el cuerpo se vuelve en una masa decadente -como el de Munra- que se refleja en diversos problemas. A continuación, una lista:

1 Duele todo

Con todo es todo. Un día es la cabeza, otro día es la espalda, que la rodilla, que el tobillo, que el pecho. En los veinte uno es invencible, pero al cambiar de dígito los achaques aparecen por arte de birlibirloque. Eres un viejo tísico y cualquier actividad física viene con molestias posteriores: una larga caminata —> se hinchan los pies, un partido de fútbol —> cagó la pedna, trabajos de reparación casera —> la espalda, una fiesta —> todo, la peor resaca de la historia mundial hasta la próxima semana… Y así hasta el cajón.

2 Pelo, pelo y más pelo

Pelo que se va y pelo que sale en todas partes. El pelo que se va siempre es el de tu cabeza. Uno siempre se queja del pelo de las mujeres en la tina, en la almohada, en cualquier parte a la que vas, pero la verdad es que los hombres también comienzan a pelechar y, en muchos casos, ese es EL signo inequívoco de un flagelo que nos persigue como el peor de los espíritus chocarreros: la calvicie. Al mismo tiempo y al mismo ritmo comienzan a surgir vellos en otras partes del cuerpo: los nudillos de las manos, la espalda, las orejas y hasta en los orificios de la nariz. Asqueroso.

3 Menos 1313

La edad pasa la cuenta y esos días de potro salvaje, de semental de las pampas comienzan a ser más escasos. Uno llega cansado del trabajo, los niveles de testosterona comienzan su declive y una jornada de ejercicios sexuales si bien sigue siendo atractiva, ya no tiene la misma gracia que a los 20 o un partido entre Rangers y Palestino por la Copa Chile. No es grave, no necesitas “ayuda” y aunque te cueste reconocerlo, es simplemente el ciclo de la vida. La buena noticia es que uno aprende a reemplazar cantidad por calidad.

4 Un caballero no tiene memoria

No, no hablamos de códigos de silencio en torno a conquistas amorosas. Al llegar a los 30 uno ya no es joven, es “señor”, es “caballero”. En ese proceso uno pierde cualidades físicas (ver puntos 1 y 3), pero también mentales. Los recuerdos comienzan a ser más borrosos. Se olvidan las llaves y los cumpleaños, se olvida lo que hay que comprar en el supermercado (por eso las listas) y es más difícil reconstruir una historia después de una borrachera.

5 Tu palabra favorita es moderación

¿Tres completos, una hamburguesa y un saco de papas fritas? ¿Dos pizzas familiares y una bebida de tres litros? ¿Tres cervezas + cinco piscolas? ¿Tres partidos de fútbol el mismo día? Pfff… Papita para el loro cuando tenías 20. Todas actividades que hacías de manera regular, con una mano amarrada y la otra haciéndote barra. Fácil, fácil. A los 30, la situación cambia, todo eso cae en la categoría “excesos” y en tu diccionario aparece la palabra “moderación”. La salud no es la misma y los índices de colesterol y triglicéridos se dispara. El doctor dice: está bien un asado de vez en cuando, bebe con moderación, con calma y un set de palabras que uno nunca pronunciaba en los dulces 20 que no volverán.

6 La edad de tus ídolos deportivos

Quizás el signo más devastador. Los ídolos deportivos con los que creciste soñando están retirados y camino a la tercera edad para convertirse en abuelitos, hay algunos que tienen tu misma edad, mientras que en lo que depositas todas tus esperanzas son definitivamente menores a ti. Ni hablar de las promesas de tu equipo. Si tienes 35-40 y fuiste un padre precoz, ese jugador podría ser hasta tu hijo. Lo que, económicamente, no es tan malo.