Hacer el aseo o limpiar la casa es una tarea ineludible para todos quienes no somos millonarios. Y en pleno siglo XXI, todos los monitos bailan, seas hombre o mujer, adulto o niño.

Personalmente detesto sacudir el polvo de los muebles y doblar la ropa, pero de a poco he ido encontrando mi nicho, una tarea en que soy insuperable, mi verdadera vocación: lavar los platos. No importa si le tocó cocinar a mi esposa o me tocó cocinar a mí. Al final, y después de cada comida, soy yo quien agarra la esponja y se pone a fregar platos, tenedores, cuchillos, ollas o sartenes.

Lo único que exijo antes son un par de minutos para ir al baño. Esto por experiencias pasadas. Varias veces el agua corriendo del lavaplatos provocó a mi vejiga y debí hacer una pausa obligada durante los menesteres.

En fin. ¿Por qué me gusta tanto lavar los platos?

Al principio no sabía por qué, era algo natural, algo que se daba de manera automática. Incluso lo abordaba desde un punto de vista emocional: lavar los platos me generaba una sensación de bienestar.

Pero luego, con los años, he ido construyendo una explicación más racional, que nada tiene que ver con liberación de dopamina u otras hierbas. Esto es mucho más simple. Lavar los platos es uno de los pocos y únicos momentos en que me conecto conmigo mismo, en que pienso sobre la vida ridícula y la vida profunda, sin ningún tipo de perturbación externa.

Ese rol solía ser ir al baño, por la escala larga. Estar sentado -y solo- por el tiempo necesario para dichas tareas otorgaba una ocasión perfecta para la reflexión filosófica y la meditación. Sin embargo, la irrupción de las nuevas tecnologías (celulares inteligentes y tablets) ha roto ese proceso.

Candy Crush, Angry Birds, Facebook o Twitter hacen que uno evada su esencia.

Los platos, por otra parte, impiden tener en la manos cualquier objeto similar a un smartphone, y a la vez representan una tarea que no requiere mayores recursos intelectuales, dejando la mente libre para pensar en lo que une suele pensar en esos momentos de ensimismamiento:  un gran emprendimiento, una solución para arreglar el país o ese eterno sueño despierto de ser quien hace el gol de último minuto que le da el título mundial de fútbol a tu país.

Cosas que todo hombre ha pensado en su vida.