Así que Fireball llegó a Chile. ¡Oh, Fireball! Tantas veces apareciendo en forma de shot, sin necesidad, como un paréntesis entre las cervezas. Tantas noches de amor y tantas mañanas de odio. ¡Oh, Fireball!

Nos conocimos, probablemente una noche de invierno de 2014 (el recuerdo, obviamente, es difuso), en Cambridge, Massachusetts. Seguramente hacía frío, frío de verdad no como el debilucho frío de Santiago. Después de caminar al bar de ocasión (quizás el Charlie’s Kitchen), alguien sugirió entrar en calor rapidito con un shot de Fireball. De inmediato pensé, fireball, qué buen nombre para templar el cuerpo en una noche de parka, bufanda y calzoncillos largos.

En menos de cinco segundos, nos miramos a los ojos, y vino el primer e intenso encuentro. Bajó quemando la garganta, dejando el sabor a canela que lo define (cinnamon whisky) y un cachetazo extra de azúcar. Al igual que un shot de tequila, de Jameson o Jagermeister, el Fireball cumplió su objetivo: eliminó el frío y avivó la cueca. En cuanto a la satisfacción de las papilas gustativas, la verdad, siempre dejó mucho que desear. Pero esto es completamente una opinión subjetiva, la de alguien que no posee un excesivo entusiasmo por la canela ni por lo dulce.

Por cierto, ese poco entusiasmo, no evitó que viniera un segundo, y quizás un tercero, en una jornada que terminó con el arrepentimiento clásico a la mañana siguiente. “Fireball, nunca más”.

Todos saben qué pasó después. Tal como en esas relaciones en que uno no sabe explicarse por qué diablos está en ellas, hubo más noches de Fireball. Porque simplemente uno es masoquista, tiene una voluntad débil y porque también estaba de moda, era el trago mainstream a lo largo y ancho de Estados Unidos. En los bares, en las previas, en las fiestas. El Fireball era un ser omnipresente y que incluso evolucionó como ingrediente para cócteles. El único que probé fue el Angry Balls, mezcla de Fireball con Angry Orchard, una sidra de manzana con alcohol, que mejoraba ligeramente su sabor.

Un día, eso sí, comencé a verlo en reuniones sociales de gente de unos 50 años. Comprendí que el Fireball había comenzado su proceso de jumping the shark y que estaba padeciendo el fenómeno Facebook que se produjo cuando tus padres se hicieron una cuenta y te enviaron una solicitud de amistad. Al mismo tiempo, maduré un poquito y el shot de Fireball empezó a desaparecer del menú.

De la experiencia, en todo caso, conclusiones para la vida:

  • Si te gusta el hueveo quieres escalar el ánimo de la fiesta de manera rápida, Fireball para todos, sin pensarlo.
  • Ay, la caña.
  • Si te gusta el whisky, pasa de largo.

Simple. Ahora es tiempo de tus propias historias.