La tragedia de Valparaíso nuevamente ha expuesto que la fantasía del desarrollo promocionada por nuestros gobernantes es solo eso, una fantasía. Una fachada donde se esconde lo que no se quiere ver debajo de la alfombra OCDE que a tantos les produce orgullo.

El fuego que se ensaña con los cerros ha desnudado a ojos públicos la precariedad en la que viven miles de porteños y cuyas casas no son las que salen en las postales, ha desnudado que el país prefiere juguetes como los F-16 a una flota de aviones para combatir incendios -hoy una amenaza mucho más real que una guerra-, ha desnudado malos vicios del periodismo catastrofista y las nefastas escuelas del tragedy porn y el poverty porn.

Un pueblo a medio camino.

Sin embargo, no todo es malo, no todo es comerciantes que suben los precios en épocas de necesidad. También hay lecciones de vida, exhibiciones de músculo, sudor y compasión que dan la esperanza de que un día esto puede cambiar. El trabajo codo a codo entre vecinos y voluntarios conmueve. Las cadenas de personas subiendo baldes de agua a los cerros más alejados del puerto, bomberos laborando por más de 20 horas para que el fuego no se siga comiendo casas, rescatistas de humanos y animales. Una COMUNIDAD que se pone al servicio del otro sin condiciones.

Son miles los héroes anónimos, a los cuales homenajeamos. Pero también hay héroes cuyas caras, por diversos motivos, son más conocidas. Una de ellas es la de Iván Fuentes, diputado de la República y uno de los pocos a los que el sayo de Honorable, con mayúscula, calza con su figura.

Hace menos de tres años, Fuentes era parte de esa pobreza que se esconde bajo la alfombra. En el remoto sur de fiordos, vientos y olvido soportaba la vida en una mediagua y un bote famélico con el que pescaba. Su participación en los movimientos sociales de la región lo hizo crecer políticamente, pero no abandonar sus raíces, esas que enseñan que para sobrevivir debes darle una risa al extraño y no desconocer al que no le alcanza, esas que enseñan que la dignidad y la humildad no se pierden por ensuciarse y romperse las manos.

Al ver el incendio, en la misma ciudad donde está el Congreso de la Nación, Fuentes se puso ropa, un par de zapatillas y se encumbró en los cerros. No aviso a ningún canal de televisión, no lo posteó en Twitter ni recurrió a ningún vacío artilugio de relaciones públicas. Había que ayudar y lo hizo callado, como la gente que le dio una mano el día en que su mediagua se le quemó en Aysén.

Iván Fuentes no buscaba el aplauso ni que lo elevaran a alguna categoría para ser idolatrado. Solo ser uno más en la misión. “Todos corrían con baldes, palas y rastrillos, así que partí con mi hijo a ayudar, pero era mucha la gente que hizo lo mismo, iba en socorro de los demás”, relató al sitio “El Dínamo”

La foto de él en las labores de ayuda es un accidente, uno afortunado porque exhibe una madera que debe ser imitada, no solo por sus colegas en el Congreso, ávidas polillas en la búsqueda de la luz de una cámara de TV, sino que también por todos nosotros que solo nos dedicamos a comentar los hechos en la comodidad de nuestras sillas y sillones, moviendo apenas dos pulgares para escribir en el smartphone.