Un síndrome de que los hombres van envejeciendo o madurando es cuando comienzan a cambiar sus hábitos e incluso la forma de vestir o portar sus bártulos. El mejor ejemplo de lo que digo son comentarios que han llegado a mis oídos e incluso he observado con los “ojitos” que Dios me dio. Se me viene a la mente una conversación con un colega y amigo que, cuando frisaba los 40, me dijo que quería comprar un maletín de cuero con hebillas, esos clásicos bolsones que nuestra generación usaba para ir al colegio, la mochila ni se conocía en aquellos años. Se le había metido en su cabeza la compra de este accesorio masculino y el mismo argumentaba, sin mediar explicación, que ya era hora de adquirir un estilo más formal, pero que en el fondo, pienso, era una manera de evidenciar un mejor y mayor estatus. Más aún, porque no podía ser uno cualquiera, si no que de buena factura, ojalá de marca y no precisamente barato.

Este cambio en las costumbres, según los años van pasando, siempre me ha llamado la atención. Pero la reflexión pasa por ser, justamente, en un momento en que los hombres sienten que los cuarenta y tantos es un hito en el cual su vida debe cambiar, casi por obligación. De seguro esto va asociado a la manoseada frase que todos comentamos, pero que para muchos es, prácticamente, parte de su evolución: La Crisis de los 40.

Esta mentada crisis tiene varios factores que pueden considerarse casi científicos, como es el que tu máquina comienza una curva degenerativa, que se nota más que en etapas anteriores. La verdad es que el cuerpo tiene una curva ascendente de desarrollo, al menos en los hombres, hasta los 18 años para luego comenzar a decaer, casi en forma imperceptible hasta el final de nuestra existencia, pero que se vuelve más dramática en los cuarenta.

  • El pelo se torna blanco, se comienza a caer y aparece donde antes nunca hubo y nunca debiera existir.
  • La próstata comienza a ser un tema e incluso en esta etapa hay que someterse a los exámenes de rigor.
  • Las capacidades físicas evidentemente disminuyen y los malestares son recurrentes.
  • Comienza a cambiar la morfología del cuerpo, la grasa se hace carne de tu carne.
  • Todo lo que antes se hacía fácil, rápido y con potencia, ahora se hace a media máquina.

Siguiendo con la idea, esa fascinación por el cuero se hace una necesidad en todo orden de cosas. Por ejemplo, el auto ya no puede ser sino con tapicería en dicho material, la billetera, los zapatos, el cinturón y cuanto accesorio es posible de adquirir, con este atávico elemento, es una meta. Tal vez hay algo en la cadena evolutiva que, como hombres, aún no ha sido posible superar, pero claramente, la piel ha sido un elemento que la sociedad le ha asignado un valor más allá que el simple hecho de arroparse, como nuestros antepasados lo concibieron. Aunque igual estos descubrimientos, de la era de piedra, ubicaron a ciertos pueblos por sobre otros, es decir, igual hubo una asociación de mayor desarrollo o evolución (un antes y un después), pero de forma simple y práctica, y no tan fútil como lo es hoy.

Frente a esta tendencia tan común en el género, existen excepciones que confirman la regla. Por ejemplo, tratar de regresar a la adolescencia, lo que eufemísticamente llaman lolosaurios. Así también, aquellos que el paso de los años no cambia de manera sustancial sus hábitos, sobre todo los de consumo. Pero esto es todo un tema que da para otra columna.

En síntesis, este comportamiento del hombre moderno, que es seducido por las tentaciones de la sociedad de consumo, tal vez no sólo sea un asunto superfluo que raya en la siutiquería y el snobismo (reconozco me molesta), sino que un gen recesivo que se manifiesta en algunos especímenes de la cadena evolutiva hasta nuestros días. Prefiero pensar que es esto y no lo otro, aunque sea lo que sea, igual es para la risa, finalmente.