A Doris Leiva la conocí por internet. Había escuchado de ella entre mis amigos. Todos hablaban de que era la protagonista de un video impresionante, que desafiaba la física y que se ponía a la vanguardia sobre mitos urbanos como el de una mujer y la palanca de cambios (¿o freno de mano?) de su automóvil.

Un día, con curiosidad científica de adolescente, esperé a estar solo, me senté frente al computador -un PC, en ese entonces- y busqué a Doris, bajo el nombre que ella misma desarrolló con fines artísticos: la Kournikova chilena.

Ahí, en pantalla, apareció vestida como tenista. No estaba en un court de arcilla, ni de cemento ni de pasto -que es para las vacas-. Doris estaba sobre un escenario, empuñaba una raqueta y bailaba al son de la música, en un número cuya temperatura iba creciendo hasta el gran cierre: Doris, acá en el papel de Kournikova- utilizaba el mango del implemento deportivo como aparato reproductor masculino.

La fama que le precedía estaba bien ganada.

Tiempo después repitió el espectáculo, pero con un bate de béisbol¹. La prueba, por cierto, hizo retroceder a los hombres de este país a la era de las cavernas, con irracionales gritos de simios que daban entender que todos querían tener un bate de béisbol entre las piernas. O un pene que va entre los 75 y 107 centímetros de largo.

¹Aclaremos, Doris nunca uso un bate profesional y nunca se lo introdujo de manera completa

De eso, quizás más de 10 años y el nombre de la Kournikova chilena quedó ahí, en el inconsciente colectivo, en el cajón de las rarezas que acumula la provincia general de Chile.

Hasta este fin de semana, cuando se supo el triste destino de Doris: un accidente de tránsito acababa con su vida.

Doris seguía haciendo el número que la hizo una fugaz celebridad, con el nombre de Candy Kournykoba (lo cambió para evitar problemas de copyright con la ex tenista Anna Kournikova) y ganándose la vida como cualquier mortal para entregarle, techo, comida, salud y educación a sus hijos.

Al conocerse la noticia, la reacción fue casi unánime: burla y sorna disfrazadas de pena. En Facebook y Twitter estaban llenos de chistes con una edad mental inferior a los 15 años. Personas incapaces de ver el dolor de una pérdida humana, el dolor de su pareja, el dolor de sus hijos y de toda una familia por haber perdido a su madre.

Doris era honesta. Todo el mundo sabía lo que hacía y no dañaba a nadie en su performance, aunque el moralismo conservador de vieja copuchenta, aferrada a la ventana, quisiera manifestar lo contrario. Doris no mentía, no robaba, algo que gente que se dice respetable no podría asegurar de sí mismo. Además, su familia nunca la cuestionó. ¿Y quién es uno para hacerlo?

Doris era una mujer de las que sacan adelante a este país, un ser humano que no merece el mal gusto en su hora final. Así que, por favor, dejen a Doris Leiva, la Kournikova chilena, descansar en paz.