Desde hace un tiempo estoy durmiendo con una amiga. En realidad, con mi mejor amiga. Con ella tenemos una hija de 3 y un hijo de 8 años, una relación de una década y una linda y larga hipoteca por un departamento de dos habitaciones en el centro de la ciudad, que será nuestro en 21 años más.

Necesito, y no es redundancia, aclarar que estamos casados. “Ante Dios y el Registro Civil”. Pero decir que esto es un matrimonio está muy alejado de la realidad en estos días. Pensándolo bien, somos una sociedad conyugal, aunque en un arranque para mostrarnos “progresistas” nos hayamos casado con separación de bienes.

No se qué día comenzó todo esto. Si fue el día que Bernardita estuvo con gripe y ella se fue a dormir a la pieza de los niños por unos días. O si fue aquella semana de locos que tuve en la agencia el año pasado en donde llegué todos los días a las 5:00 horas a cambiarme ropa y volver a trabajar en la campaña.  O si fue en las vacaciones de verano del 2012 cuando yo estaba recién ingresado en el nuevo trabajo y ella decidió llevar a los niños a visitar a sus abuelos en Temuco.

El hecho es que algo se murió y ninguno pareciera echarlo de menos. Últimamente, las únicas oportunidades que tenemos para conversar son las reuniones de curso de Javierito o cuando lo llevamos al fonoaudiólogo. Ahí nos portamos a la altura de lo que se espera de una pareja. Parece que en presencia de más gente podemos comunicarnos. Pero fuera del ámbito público, el día a día pasa entre uno o dos llamados para saber si no está la cagada con algo o para avisar que nuevamente voy a llegar tarde porque el cliente está indignado con la aplicación en Facebook que programó el desarrollador de la agencia. Con todo el trabajo de la casa, a las 22:00 horas mi esposa ya está trasnochando y a las 22:30 está dormida.

Los fines de semana son distintos. Ahí mi esposa me entrega a los niños, como si ya estuviéramos separados, porque ella tiene muchas cosas que hacer y porque no los vi en toda la semana.

Del sexo mejor no hablemos. Sería injusto decir que ella no quiere nada. Más justo sería decir que el sexo nos quitaría horas de sueño y últimamente no me sobran. Tampoco me sobran las ganas.

A veces me abstraigo, me miro de lejos cuando estamos sentados en la cama, cada uno con su smartphone, y pienso en esa escena donde Joel Barish (Jim Carrey) habla de “esas parejas de las que sentimos pena en los restaurantes”. “¿Somos los Muertos que Cenan?” se pregunta y es difícil no cuestionarse si no somos los “Muertos que Twittean”. Ya no compartimos ni videos en Youtube. Me entero de ella por Facebook cuando vengo de regreso o estoy en el baño, pero no es nada personal o íntimo: son fotos de los niños, algún link a una noticia indignante, algún “me gusta” a una campaña políticamente correcta. Ningún atisbo de molestia, de rabia. Ninguna señal de que un día encontraré la casa vacía o las maletas en la puerta.

Hoy tenemos fonoaudiólogo nuevamente. A la salida, camino hacia el taxi, le tomaré la mano. Para ver qué cara pone, por último. Para dar una señal. Si esperamos, capaz que ninguno da un paso adelante. Y quizás algún día, con nuestros hijos casados, solos en el living, el Alzheimer nos haga preguntarnos lo mismo que esa viñeta de Quino: “Nosotros éramos amigos, parientes, esposos o qué?